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Un crimen con escala 1:100

Ramiro Etxeberria

1 de noviembre de 2026

★★★★★

Hace años un fontanero me explicó que las casas no se caen por lo que se ve, sino por lo que nadie mira. Me cobró sesenta euros por la frase y otros cuarenta por cambiar un grifo. «Memoria de calidades», de Valeria Montes y Marlon Falcón, viene a decir lo mismo, pero sale más barata y está mejor escrita.

La premisa es de las que me ganan. Una periodista de tribunales, Inés Calvo, visita en la cárcel a un hombre condenado por un crimen y, en vez de una confesión, recibe un plano a escala de la sala de visitas. Tomás Arribas, el preso, habla en metros cuadrados, en cargas y en pilares. Le falta una asignatura para ser arquitecto, precisamente la de Deontología, y esa ironía, que el libro maneja con una paciencia admirable, es casi una tesis.

La novela alterna dos tiempos: la investigación de Inés, tomo a tomo de un sumario polvoriento, y la vida de Tomás desde un barrio donde el pan se compra a mitad de precio a las ocho de la tarde. Lo que brilla es la prosa. Frases cortas, sin adjetivos de relleno, con una precisión casi notarial. «La verdad tenía tarifa fija». «Lo menor no se comprueba». Subrayé tanto que el libro parece un plano corregido.

También brilla la contención. Hay crímenes, claro, pero los autores tienen el buen gusto de apartar la cámara justo cuando otros la acercarían. Lo terrible ocurre en elipsis, en un trapo gris con una esquina quemada, en una fotografía guardada boca abajo. El lector entiende, y eso da más escalofrío que cualquier descripción.

Lo que sobra, que también hay. La metáfora arquitectónica es eficaz durante doscientas páginas y algo insistente en las cien siguientes. Cuando una organización criminal se compara con una fachada ventilada, sonreí. Cuando el sistema de rutas se convirtió en vigas sin arriostrar y juntas de dilatación, empecé a sospechar que me estaban cobrando el aparejador. Y algún personaje secundario, el abogado de carpeta delgada, por ejemplo, está tan bien dibujado que se nos va demasiado pronto.

El desenlace no lo cuento, que para eso pagan ustedes el libro. Diré solo que obliga a releer el principio con otros ojos y que pone en el centro una pregunta incómoda sobre quién mira a quién, y a cambio de qué. No es un giro de prestidigitador, es una revisión del proyecto. Revisión 2, como avisa el propio Tomás: siempre hay una segunda.

Una novela negra sin estridencias, construida con cartabón de plástico barato y ángulos perfectamente rectos. Como decía mi fontanero, lo importante no es lo que se ve. Lo importante es que se sostiene.

Memoria de calidades

Valeria Montes y Marlon Falcón

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Columnista gruñón con debilidad por las buenas frases