Un hombre que mide la culpa en metros cuadrados
Hay personajes que hablan de su madre, de su mala suerte o de su abogado. Tomás Arribas habla del techo. Esa primera escena en la sala de visitas, con un preso que dibuja planos a escala mientras una periodista intenta arrancarle una confesión, me dijo enseguida qué clase de libro tenía entre las manos. «Memoria de calidades», de Valeria Montes y Marlon Falcón, es una novela negra, pero sobre todo es el retrato de alguien que aprendió a protegerse de lo que siente midiéndolo todo.
Durante años escuché a personas que convertían el dolor en otra cosa: en orden, en rutina, en cifras. Tomás es uno de ellos, y está escrito con una precisión que me ha emocionado. Cuenta peldaños, calcula el peso de un sobre, mide su celda con un cordón de zapato. Nunca dice que tiene miedo. No hace falta. Lo vemos en una mano que sale del bolsillo y vuelve a entrar.
Lo que más me ha tocado es la familia. Carmen, que compra el pan de ayer y busca en un cajón por miedo a encontrar algo. Ramón, que habla en voz baja cuando dice las cosas importantes y tarda más de un año en ir a ver a su hijo. Hay una escena entre padre e hijo en la sala de visitas que es de lo más verdadero que he leído en mucho tiempo: dos hombres que se quieren y no saben decírselo, sentados uno frente al reloj y otro de espaldas. Ninguna emoción suena fingida. Todo está contenido, y por eso pesa.
Inés Calvo, la periodista, es el otro gran acierto. Una mujer meticulosa que compara horas, revisa libretas viejas y va descubriendo que la historia que investiga la roza más de lo que creía. Su evolución es lenta y honesta, sin heroísmos.
La estructura alterna pasado y presente, y las metáforas de la construcción, las cargas, los pilares y las fachadas que no sostienen nada, están muy bien hiladas sin volverse un truco. El crimen está ahí, en el centro, pero tratado con una sobriedad admirable: nunca se recrea en la violencia, la deja fuera de plano y se queda con sus consecuencias. Es una novela que cualquier adulto puede leer sin sentirse herido.
Si tengo que poner un pero, es que el estilo, tan seco y tan medido, puede resultar frío a quien busque personajes que se desahoguen. Algunas frases breves se repiten en su cadencia y piden mucha atención al lector. A mí me pareció coherente con unas vidas en las que nadie pregunta dos veces.
Cerré el libro pensando en las deudas que se heredan sin firmarlas y en el precio de callar para que algo no se caiga. Pocas novelas negras me han dejado tanto dentro.
Memoria de calidades
Valeria Montes y Marlon Falcón
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Psicóloga y lectora de personajes
