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Planos de una culpa bien calculada

Aurelia Vidal

1 de noviembre de 2026

★★★★★

«Memoria de calidades» toma su título de la jerga de la construcción, y no es un adorno: la novela entera está pensada como un proyecto de obra. Una periodista de tribunales, Inés Calvo, visita en prisión a Tomás Arribas, condenado por la muerte de un mensajero, y él, en lugar de hablar del juicio, le dibuja la sala de visitas a escala. A partir de ahí el libro alterna dos líneas: la vida del preso desde su infancia en un barrio humilde y la investigación de Inés sobre un sumario de once tomos.

Lo primero que conviene decir es que la estructura funciona. Los capítulos de Tomás avanzan como un cálculo de cargas y los de Inés como una revisión de planos, y ambas líneas se encuentran con la exactitud de dos tramos de puente bien replanteados. Hay pistas sembradas en las primeras páginas, un número de portal, un reloj, una mesa en sombra, que regresan con un sentido nuevo. Quien conozca a Simenon reconocerá la economía; quien haya leído a Rafael Chirbes, ese paisaje de promotoras y descampados donde el dinero se levanta en forma de bloque inacabado.

La prosa es seca, de frase corta, y casi siempre exacta. Los personajes no se explican: miden. Esa disciplina da páginas memorables, como la cena familiar en que el padre anuncia que el hijo estudiará Arquitectura, o la visita en la que confiesa lo que no debía. La violencia, que la hay, queda siempre fuera de campo, sugerida por un trapo, un peso en el bolsillo, una espera ante un portal. Es una novela negra que entiende que la elipsis inquieta más que la descripción.

Ahora bien, la metáfora arquitectónica, tan eficaz al principio, acaba por insistir demasiado. Cuando cada vigilante es una junta de dilatación y cada empresa una fachada ventilada, el lector empieza a ver el andamio. También el estilo, de tanto evitar el adjetivo, se vuelve en ocasiones un tic: la frase breve y lapidaria al cierre de cada escena pierde fuerza por repetición. Y la mecánica del sumario, con sus horas y diligencias, exige una atención que no todos los lectores querrán prestar, aunque recompensa a quien lo haga.

El desenlace no lo desvelaré. Diré solo que obliga a releer el principio, que es lo mejor que puede decirse de un final, y que plantea una pregunta moral incómoda sobre el oficio de contar. Es una novela sobria, adulta y respetuosa con el lector y con el dolor de sus personajes, sin regodeo alguno. Le falta un punto de soltura para ser redonda, pero está muy bien construida. Se sostiene, y la viga va empotrada.

Memoria de calidades

Valeria Montes y Marlon Falcón

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