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Tres vueltas de llave y ninguna de más

Ramiro Etxeberria

1 de noviembre de 2026

★★★★★

Mi abuela apuntaba en un calendario de farmacia cuántos huevos ponían sus gallinas. Nunca supimos para qué. Ahora sospecho que no eran los huevos lo que contaba. «Mareas de la calle Lealtad» va de eso: de familias que se miden en vez de abrazarse, y de cómo a veces medir es la forma más terca de querer.

Dos hermanos vuelven a La Habana para vaciar el piso de su infancia. Uno es meteorólogo y redondea; el otro, psiquiatra en Valencia, no redondea nada. La madre, profesora de piano, vive con un trastorno bipolar que tardaron once años en nombrar. Con ese material cualquiera habría escrito un folletín de lágrima fácil. Montes y Falcón escriben otra cosa: un libro seco, de frases cortas, donde una cuchara doblada pesa más que un monólogo. Hay diálogos que parecen partes meteorológicos y, sin embargo, emocionan. «Nadie copia un bolero», dice un personaje, y uno se queda un rato mirando la pared.

Lo que brilla es la arquitectura. Cuadernos escolares, una libreta de vecina, un carné de biblioteca, una bombilla sin tulipa: cada objeto es una pista, y la novela se lee como un caso judicial donde no hay culpable sino un reparto de cargas. La enfermedad se trata con un respeto ejemplar, sin morbo ni lástima. La madre no es un síntoma; es la persona más lúcida del libro, y eso, francamente, se agradece.

Lo que sobra, que algo sobra, es la manía del giro. Hacia el último tercio, cada capítulo termina con un descubrimiento que reinterpreta el anterior, y uno empieza a sospechar de las sábanas, de los colchones y hasta del perro de la doctora. El mecanismo es elegante, pero se le oye el engranaje. Hay coincidencias de fechas que piden al lector más fe que un bolero. Y algún cierre de capítulo, rematado con frase lapidaria, se nota demasiado pulido para que lo veamos brillar.

Pero perdono mucho a un libro que sabe callarse. Aquí nadie se abraza cuando toca, nadie pronuncia la frase que el lector espera, y precisamente por eso las pocas sonrisas que se escapan valen el doble. Los secundarios, una vecina nonagenaria y una bibliotecaria que no sonríe, merecerían novela propia.

No contaré cómo termina. Diré solo que el final no redondea. Y que, por una vez, salí de un drama familiar sin sensación de que me hubieran apretado el lagrimal con tenazas, sino de que alguien había mirado con paciencia mientras yo creía no estar mirando.

Pronóstico: despejado, con alguna nube de artificio. Llévense paraguas por si acaso; no lo necesitarán.

Mareas de la calle Lealtad

Valeria Montes y Marlon Falcón

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Columnista gruñón con debilidad por las buenas frases