Dos hermanos, tres cuadernos y una madre que también miraba
Hay libros que tratan a sus personajes como casos y libros que los tratan como personas. «Mareas de la calle Lealtad» empieza en el primer bando a propósito: Teo, psiquiatra en Valencia, vuelve a La Habana tras diecinueve años y lo primero que hace al ver a su madre es contarle el pulso con la mirada. Andrés, el hermano meteorólogo que se quedó, pregunta a la vecina cuántas horas duerme ella. Los dos aprendieron de niños a vigilar a Marisol, una profesora de piano con trastorno bipolar, y los dos lo hicieron con cuadernos, columnas y cifras.
Lo que más me ha tocado es cómo la novela entiende ese oficio infantil de cuidar. Conozco bien a esos hijos que llevan la cuenta de las palabras en la cena para saber si viene tormenta. Aquí están retratados sin sentimentalismo: Andrés redondea los datos al alza porque quiere que haga buen tiempo; Teo copia las cifras sin redondear porque no se fía de nadie. Ninguno de los dos es el bueno de la historia, y la diferencia entre ambos dice mucho de cómo cada hijo elige su manera de quererse a salvo.
La enfermedad de Marisol se trata con un respeto admirable. No hay escenas para estremecer al lector, sino persianas bajadas, un piano callado y una vecina que sube una bandeja sin preguntar. Y la madre no es una víctima pasiva: la gran revelación, que no voy a desvelar, es que ella también miraba, y que organizó su propio cuidado con una lucidez conmovedora. La metáfora del parte meteorológico podría haberse gastado y, sin embargo, sostiene el libro hasta la última línea.
La prosa es seca, exacta, de frases cortas que dejan respirar al silencio. Los secundarios, Caridad sobre todo, tienen una presencia cálida y muy viva.
Mi reserva está en la arquitectura. Cada capítulo cierra con una revelación que reordena lo anterior: una fecha, un carné, una carta, un diploma. Al principio funciona como un hallazgo; hacia el final empecé a sentir la mano que dispone las piezas. Que absolutamente todo encaje, hasta el mismo lunes de dos sobres, resta algo de la imperfección que tienen las familias reales. Hubo momentos en que deseé que alguna pista se quedara sin cerrar.
Aun así, el libro acierta en lo esencial. Sus personajes no se piden perdón con discursos; se entienden a través de objetos, horarios y una luz encendida en un pasillo. Al cerrarlo me quedé pensando en todos los que cuidan creyendo que cargan el peso solos, cuando a menudo alguien sostiene el otro extremo sin que lo sepan. Es una novela serena, sin palabras gruesas ni escenas duras, apta para cualquier adulto dispuesto a dejarse mirar.
Mareas de la calle Lealtad
Valeria Montes y Marlon Falcón
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Psicóloga y lectora de personajes
