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Tres vueltas de llave: el cuaderno como forma de amor

Aurelia Vidal

1 de noviembre de 2026

★★★★★

Hay libros que se construyen como una casa y otros como un expediente. «Mareas de la calle Lealtad» pertenece a la segunda familia, y lo sabe. Dos hermanos vuelven al piso habanero de la infancia para vaciarlo antes de su venta, y cada armario abierto devuelve un documento: cuadernos escolares, una libreta de pagos, un carné de biblioteca, una carta. La novela avanza así, por hallazgos, con una lógica casi de novela de tribunales que Valeria Montes y Marlon Falcón manejan con notable disciplina.

Lo primero que conviene celebrar es la lengua. Frases cortas, secas, sin adjetivos de relleno, que recuerdan a la mejor escuela de la contención, de Carmen Martín Gaite a cierto Ishiguro. El diálogo es de una economía admirable: los personajes se dicen poco y se entienden mucho, y el lector aprende a leer los silencios igual que los hijos aprendieron a leer los de su madre. Las metáforas meteorológicas del hermano mayor y la mirada clínica del menor funcionan como dos lentes que se corrigen mutuamente, y esa tensión entre el que redondea y el que no es el verdadero motor del libro.

El tema, la enfermedad mental de una madre vista desde los hijos que la vigilan, se trata con un respeto ejemplar. No hay escenas escabrosas ni regodeo en el sufrimiento; hay método, pudor y una idea muy hermosa: que cuidar puede ser una forma de estudiar al otro, y que todos en aquella escalera estudiaban a alguien sin saber que también eran estudiados. Personajes secundarios como Caridad o la bibliotecaria Ofelia están dibujados con cuatro trazos y quedan para siempre.

Ahora bien, la exigencia obliga. La estructura de revelación en cadena, tan eficaz al principio, termina mostrando el andamio. Hacia el último tercio cada capítulo cierra con una vuelta de tuerca que reinterpreta la anterior, y el lector atento empieza a anticipar el mecanismo: alguien sabía más de lo que parecía, alguien pagó por adelantado. La simetría es tan perfecta que roza lo calculado, y algún hallazgo parece colocado más por necesidad del diseño que por verdad de los personajes. Una novela que habla de no redondear redondea, a veces, su propia trama.

Aun así, el oficio es indiscutible y el final, que no desvelaré, cierra con una delicadeza que justifica todo el recorrido. Es un libro para leer despacio, que premia la atención y la memoria del lector. Cuatro estrellas, y una quinta que se quedó, como la nota del piano, medio tono por debajo de lo que pudo ser.

Mareas de la calle Lealtad

Valeria Montes y Marlon Falcón

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