Un manual de instrucciones que te deja sonriendo en el metro
Lo confieso: cuando vi que la protagonista escribe manuales de lavavajillas pensé que esto iba a ser un ejercicio de estilo con poco corazón. Error mío. A las diez páginas ya estaba enganchada a Lola Bosch, cincuenta y un años, una novela abandonada en un cajón y una amiga, Rosa, que llama al timbre dos veces cuando ya ha decidido por ti. Y cuando Lola acaba dando un taller de escritura en un centro cívico de Sants, la cosa despega.
Lo mejor del libro es su voz. Frases claras, útiles, sin adjetivos, como dice ella misma, pero con un humor que se cuela por todas partes. Me reí en voz alta varias veces, y casi siempre por culpa de Amparo, setenta y ocho años, pañuelo de seda verde y un bastón que usa más para señalar que para apoyarse. Es la mejor secundaria que he leído en mucho tiempo. Cada vez que entra en escena, la novela sube un grado de temperatura.
Y luego está Julián, conductor del autobús nocturno, que quiere escribir y no sabe por dónde empezar. La respuesta de Lola en la primera clase es de esos momentos que te hacen cerrar el libro un segundo y sonreír. Hubo otro que me paró del todo: una frase suya sobre los pasajeros de las tres de la madrugada y su reflejo en la ventanilla. Me la apunté en el móvil, así os lo digo.
El romance es lentísimo, y los propios personajes lo saben. A mí me gustó ese ritmo, porque aquí no hay fuegos artificiales, hay malentendidos pequeños, celos que dan un poco de vergüenza, cafés de máquina y silencios cronometrados. Es un amor adulto, con hijos, duelos y vidas ya hechas, contado con una ternura que no se vuelve empalagosa.
¿Pegas? Alguna. Los tropiezos que separan a la pareja se resuelven a veces con demasiada facilidad, y la estructura de taller semana a semana se vuelve un poco previsible hacia la mitad. Si buscas giros sorprendentes, este no es tu libro. También hay algún recurso que se repite tanto, lo de las frases sin adjetivos, que roza el tic, aunque admito que al final le sacan partido.
Pero lo que de verdad me ganó es que habla de empezar tarde sin dramatismo y sin condescendencia. De terminar lo que dejaste a medias. De que nunca es demasiado tarde para encontrar tu voz, ni para que alguien frene suave en las curvas por ti. Si te gustan las historias pequeñas con mucho corazón y secundarios que roban escenas, léelo atentamente. Y luego pásaselo a alguien que necesite que le digan por dónde se empieza.
Lea atentamente antes de usar
Noa Ferrer y Marlon Falcón
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Lectora voraz de veintitantos, sin paciencia para lo aburrido
