Instrucciones para empezar tarde y sin borrador
Lola Bosch lleva diecinueve años escribiendo frases sin adjetivos para lavavajillas y guarda en un cajón doscientas doce páginas de una novela que nunca terminó. Cuando le toca sustituir a la profesora de un taller de escritura y un conductor del autobús nocturno le pregunta por dónde se empieza, ella responde con la verdad: «Yo tampoco». En esa frase, dicha antes de ponerse la máscara, está todo el libro.
Lo que más me ha conmovido es la precisión con la que se construye a los personajes desde sus gestos. Lola gira el anillo de su madre con el pulgar sin saber que lo hace; Julián dobla las hojas en cuatro como quien protege algo frágil y frena más suave en las curvas para no despertar a nadie. Son detalles pequeños, pero funcionan como lo que la propia Lola enseña en clase: una persona puede mentir sobre lo que quiere, no sobre lo que lleva en los bolsillos. Y el miedo de Julián a verse ridículo cuando su hija lee su libreta en voz alta me pareció de una verdad dolorosa, de las que se reconocen.
El coro del taller es otro acierto. Amparo, con su pañuelo verde y su bastón que señala más de lo que apoya, podría haber sido una caricatura, y la novela es consciente de ello: Lola piensa que ningún editor la creería. Pero tiene un momento en una escalera en el que deja de ser comedia y se vuelve sabiduría. Hugo y su rotonda, Iker y su dragón que no sale del huevo, acompañan la historia central con arcos propios y discretos. Rosa, la amiga que cronometra silencios, es pura ternura.
También hay cosas que me han sonado menos sinceras. Los obstáculos de la pareja dependen demasiado de malentendidos que una conversación de un minuto resolvería: un anillo mal interpretado, una pasajera que despierta celos. Están escritos con gracia, pero se nota el andamiaje. Y el recurso de las frases «claras, útiles, sin adjetivos» se repite tanto que, hacia la mitad, deja de sorprender.
Aun así, lo que el libro deja dentro es valioso. Es una historia sobre gente de cincuenta años, o de cuarenta y seis redondeando por solidaridad, que descubre que la vida sigue siendo borrador y que eso no es una condena, sino un permiso. La novela de Lola y la escritura de Julián avanzan en paralelo con el amor, y las tres cosas aprenden lo mismo: que no hace falta irse para encontrar algo, que a veces basta con llegar.
No es un libro de grandes giros, sino de pequeñas paradas. Lo recomiendo a quien crea que ya es tarde para empezar algo. Este libro le dirá, con mucha delicadeza, que no.
Lea atentamente antes de usar
Noa Ferrer y Marlon Falcón
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Psicóloga y lectora de personajes
