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Un médico jubilado, un cuaderno y la pregunta más incómoda del mundo

Zuri Valdés

2 de noviembre de 2026

★★★★★

Confieso que lo abrí con el ceño fruncido. ¿Un libro de psicología práctica sobre la jubilación, a mis veintitantos? Pensaba darle diez páginas y huir. A la segunda ya estaba enganchada a JJ, un médico que se despierta a las seis y cuarenta el primer lunes sin hospital y descubre que su cuerpo no se ha enterado de que ya no tiene que dar la hora.

El truco de «La última fila» es que no te suelta teoría a palo seco. Te cuenta un año en la vida de JJ, capítulo a capítulo, y cada tropiezo suyo es la puerta a una idea: la creencia de que solo vales si eres útil, la agenda llena como forma elegante de huir, la vergüenza de ser principiante cuando toda la vida fuiste el que sabía. Hay escenas que me hicieron parar en pleno metro. La de JJ sentado al fondo del aula para que nadie le vea, sin atreverse a preguntar qué es un arbotante, me pilló de lleno. Yo también he fingido entender cosas en reuniones. Todos lo hemos hecho.

Lo que más me gustó es lo honesto que es. Cada vez que propone un ejercicio, el registro de pensamientos, la escalera de exposición gradual, los quince minutos sin hacer nada, avisa de que no es magia, que cada uno lleva su ritmo y que hay malestares que necesitan un profesional. Y tiene un capítulo valiente en el que reconoce que no todo se arregla cambiando la mirada: una pensión que no llega o cuidar sola a una madre no se solucionan con un cuaderno. Ese momento me ganó del todo.

Los secundarios son un regalo. Marta, la mujer de JJ, con su «Ya» seco cuando lo pilla ordenando las especias. Ramón y su aplicación de edad cerebral. Encarna y su caja de zapatos llena de pastillas. Son ligeros, pero dan calor.

Peros, alguno. La estructura se vuelve previsible: escena, explicación, cita de un filósofo, ejercicio, frase redonda de cierre. A mitad de libro ya ves venir la moraleja final de cada capítulo, y algunas suenan a taza de desayuno. También hay momentos en que JJ aprende la lección demasiado rápido y todo sale bastante bien, cuando la vida real es más terca. Y si buscas profundidad técnica, se queda en la superficie amable.

Aun así, lo cerré con ganas de comprarme un cuaderno. Es de esos libros que regalaría a mis padres, pero que en realidad me he leído para mí. Porque la pregunta de JJ, «¿y ahora qué?», no es solo de jubilados. Es de cualquiera que alguna vez se haya quedado sin andamio.

La última fila

Mateo Quiroga y Marlon Falcón

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Lectora voraz de veintitantos, sin paciencia para lo aburrido