Un médico en la última fila y un lector que acabó subrayando
Me jubilaron dos veces: una el periódico, por cierre, y otra mi cuerpo, que sigue despertándome a las seis y media para entregar columnas que nadie me ha pedido. Así que abrí «La última fila», de Mateo Quiroga y Marlon Falcón, con la desconfianza de quien ha sobrevivido a cuarenta libros que prometían «reinventarse». Ese verbo me produce urticaria. Aquí, por suerte, no aparece.
El libro sigue a JJ, médico recién retirado, durante un año. Primer lunes, vértigo. Luego la culpa de leer una novela a las cuatro de la tarde, la agenda atiborrada para no sentir, un aula de historia del arte donde se sienta al fondo para que nadie le vea no saber qué es un arbotante. Cada capítulo es un episodio de su vida y, a la vez, una herramienta de terapia cognitivo-conductual: registro de pensamientos, exposición gradual, activación conductual, valores frente a metas. Suena a esquema. Lo es. Pero funciona.
Lo que brilla es la honradez. El libro no vende milagros: desmonta con elegancia las aplicaciones que prometen «edad cerebral» de cuarenta, recuerda una y otra vez cuándo hay que ir al médico y dedica un capítulo entero, el mejor, a admitir que no todo malestar nace en la cabeza. Una pensión que no llega o una madre con demencia no se arreglan rebajando la culpa de setenta a cuarenta. «Ninguna reestructuración cognitiva paga el alquiler». Esa frase la habría firmado yo, y con envidia.
Y hay frases. Muchas. «Uno llena el hueco antes de saber qué forma tenía». «Ser útil puede seguir siendo uno de los grandes placeres de la vida. Lo que no debería ser es el precio de la entrada». La metáfora médica, el diagnóstico apresurado «en el pasillo», recorre el libro sin cansar, que ya es mérito.
Ahora el gruñido, que para eso me pagan. La estructura se vuelve previsible: anécdota, mecanismo, cita ilustre, ejercicio, escena final redonda, sentencia. Hacia el ecuador uno adivina el remate antes de pasar página. Séneca, Epicteto, Ellis, Frankl, Erikson y Marco Aurelio desfilan con puntualidad de tren suizo; alguno sobraba. Y JJ lo tiene todo bastante favorable: buena salud, pareja comprensiva, dinero. Los autores lo saben y lo dicen, pero los conflictos con Marta o con la hija se resuelven con una facilidad casi de folleto. Un portazo, uno solo, no habría hecho daño a nadie.
Aun así, es de los pocos libros del género que trata al lector como adulto. No grita, no promete, no culpa. Propone probar cosas pequeñas y apuntarlas. A mi edad, eso es casi revolucionario.
He empezado un cuaderno. De momento solo pone: «Hoy he leído un libro de autoayuda y no me ha sentado mal». Un seis. Y no me lo he tenido que ganar.
La última fila
Mateo Quiroga y Marlon Falcón
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Columnista gruñón con debilidad por las buenas frases
