Un año de cuadernos para aprender a no tener prisa
Hay libros de autoayuda que hablan a un lector genérico, y luego está «La última fila», que decide hablarnos a través de un hombre concreto: JJ, médico recién jubilado que se despierta a las seis y cuarenta sin despertador porque su cuerpo no se ha enterado de nada. Desde esa primera cocina, con la taza vacía y la pregunta «¿y ahora qué?» flotando, supe que el personaje iba a importarme más que cualquier técnica.
Y es lo que mejor funciona. JJ no es un ejemplo de manual que acierta tras cada ejercicio, sino alguien que se equivoca de maneras muy reconocibles: ordena cajones que no lo necesitan para no sentir que roba la tarde, llena la agenda en diez días, se sienta al fondo del aula para que nadie le vea no saber, se convierte en el médico oficioso de media calle porque el silencio del teléfono le duele. La creencia «solo valgo si sirvo para algo» va cambiando de disfraz capítulo a capítulo, y ese hilo da al libro una coherencia emocional que pocas obras del género consiguen.
Los secundarios también tienen vida. Marta, que construyó con paciencia sus mañanas de jubilada y de pronto encuentra a otra persona dentro del reloj, es un retrato delicado de un conflicto de pareja sin villanos. Ramón, con su aplicación de memoria y sus cuentas nocturnas, introduce una idea valiente: no todo malestar se arregla pensando distinto. Me pareció especialmente honesto el capítulo de las capas, donde los autores reconocen que ninguna reestructuración cognitiva paga el alquiler ni duerme por quien cuida.
Las herramientas, registro de pensamientos, exposición gradual, activación conductual, valores frente a metas, están bien explicadas y nunca suenan a folleto. Las referencias a Séneca, Epicteto o Frankl entran con naturalidad, y la metáfora médica del diagnóstico en el pasillo es un acierto que sostiene todo el libro.
Mis reservas son pequeñas. Algunas escenas cierran con frases redondas que, a fuerza de repetirse, pierden algo de frescura; cada capítulo termina con su aforismo y en ocasiones me habría gustado que la emoción quedara abierta. Y los avisos para consultar a un profesional, necesarios y bien planteados, aparecen tantas veces que interrumpen el ritmo. En cuanto a JJ, a veces aprende con una docilidad casi demasiado limpia: el cuaderno siempre le da la pista justa en el momento justo.
Aun así, cerré el libro con una sensación serena, la de haber acompañado a alguien durante un año sin que nadie le metiera prisa. Su lección más hermosa está en un gesto mínimo: levantar la mano, entera esta vez, y preguntar. Para quien se acerca a la jubilación, o acompaña a alguien que la atraviesa, es una lectura cálida y útil.
La última fila
Mateo Quiroga y Marlon Falcón
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Psicóloga y lectora de personajes
