Un año de historia clínica, contado con pulso de novelista
Desconfío por oficio de los libros que prometen ayudarnos a vivir. Suelen confundir el consejo con la literatura y la anécdota con la prueba. «La última fila», de Mateo Quiroga y Marlon Falcón, esquiva ambas trampas con una decisión estructural inteligente: acompaña durante un año a JJ, un médico recién jubilado que despierta a las seis y cuarenta sin despertador, y deja que cada capítulo nazca de una escena antes de convertirse en explicación.
La arquitectura es casi la de una novela de formación tardía. El primer lunes en la cocina, la culpa de leer a las cuatro de la tarde, la agenda saturada, el aula 2.14, la exposición fallida, la casa compartida, el voluntariado que se vuelve dependencia, las amistades que se van con el puesto. Las herramientas de la terapia cognitivo-conductual, del registro de pensamientos a la exposición gradual, entran siempre a través de JJ, y eso les da una verosimilitud que ningún esquema lograría. Hay además un hallazgo de construcción admirable: la creencia «solo valgo si sirvo para algo» reaparece con distintos disfraces, como un motivo musical, y el lector aprende a reconocerla igual que el protagonista.
La lengua está muy trabajada. Las imágenes son precisas y nada decorativas: el trabajo como andamio, el vértigo del escalón que no está, el diagnóstico en el pasillo, la luz cambiando en la fachada de enfrente. Las citas de Séneca, Epicteto, Marco Aurelio, Ellis, Erikson o Frankl se usan con sobriedad, sin exhibicionismo, y el libro sabe lo que debe a esa vieja tradición de los cuadernos para uno mismo, de la que JJ es heredero modesto.
Aprecio especialmente su honestidad. El capítulo sobre la memoria desmonta las promesas comerciales sin caer en el fatalismo, y el dedicado a la pensión de Ramón, la cuidadora agotada y la viuda en duelo introduce un matiz que muchos manuales olvidan: no todo malestar nace de la cabeza, y ninguna reestructuración paga un alquiler. Los avisos para consultar a un profesional aparecen con naturalidad y sin alarma.
Ahora bien, la fórmula se nota. Casi todos los capítulos cierran con un aforismo y una anotación en el cuaderno, y hacia la mitad esa cadencia empieza a resultar demasiado previsible; algunos remates rozan la frase de taza. Los personajes secundarios, salvo Marta y Ramón, sirven más a la lección que a sí mismos, y JJ, médico, casado, con salud y sin apuros, encarna una jubilación tan favorable que el libro tiene que corregirla expresamente en sus últimos capítulos.
Con todo, es una lectura cálida, rigurosa y útil, que trata a su lector como un adulto inteligente. No le pongo cinco estrellas porque su estructura se repite más de la cuenta, pero hacía tiempo que un libro de este género no me hacía subrayar tanto.
La última fila
Mateo Quiroga y Marlon Falcón
Ver el libro
Catedrática jubilada, la que nunca regala una estrella
