Unas tijeras, una servilleta y veinte años sin que falte nadie en la foto
Os lo confieso: empecé «La mitad que faltaba» con la ceja levantada. Un ingeniero de caminos subido a una escalera buscando un regalo de aniversario no suena a lectura de metro. Pero a la tercera página aparece un álbum de boda con todas las fotos cortadas por la mitad, con una paciencia que da miedo, y ahí ya no hubo vuelta atrás. Me pasé dos paradas.
Inés Caldeira y Marlon Falcón cuentan la historia de Andrés, un hombre que calcula cuánto aguanta cada viga pero se escapa en cuanto una relación empieza a pesar, y de Mariela, trabajadora social recién llegada de Matanzas que estudia por las noches con los pies en una palangana. Se conocen en una fiesta en Lavapiés con croquetas de yuca y él suelta la frase más torpe de la historia del ligoteo: «¿Me haces un trabajo social?». Me reí en voz alta. Y lo bonito es que ella no se ríe: le contesta en serio. Esa respuesta es el corazón del libro.
Lo que más me ha gustado es que el conflicto no es un malentendido de telenovela, sino algo muy reconocible: llegar tarde, poner una excusa razonable, no devolver una llamada. Mariela lo describe en una escena en la glorieta de Bilbao que me hizo cerrar el libro un momento y mirar al techo del vagón. Y ella no es la chica que salva al chico: tiene su oficio, su papeleo eterno en la oficina de extranjería y un «no» precioso cuando él intenta resolvérselo todo con la agenda.
La metáfora de las estructuras y las cargas podría haber sido pesadísima y funciona, aunque reconozco que hacia el final se repite un pelín. Los personajes secundarios son una delicia: Tomás, el encargado jienense que canta boleros desafinando, Remedios con sus botones de nácar, Caridad corrigiendo tildes a los funcionarios. Y la comida. Por favor, la comida. El café batido con azúcar me ha dado más nostalgia que muchos libros enteros.
Mi pega: la parte de los años pasando, crisis incluida, va muy deprisa, como un resumen, y después de tanto detalle se nota el acelerón. Y algún giro se ve venir desde lejos. Pero cuando llega el momento que te estás oliendo, está tan bien escrito que da igual.
Es un romance para adultos que ya saben que el amor no es una línea recta. Sin dramas exagerados, con pérdidas tratadas con mucho respeto y una ternura que no empalaga. Lloré un poquito en la estación. Llevad pañuelo.
La mitad que faltaba
Inés Caldeira y Marlon Falcón
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Lectora voraz de veintitantos, sin paciencia para lo aburrido
