Las tijeras, el engrudo y un ingeniero que por fin hace bien las cuentas
Tengo en casa una lata de galletas danesas con botones dentro. Todos la tenemos. Por eso, cuando al principio de «La mitad que faltaba» un hombre baja del altillo con una lata azul de patinadores oxidados, supe que iba a pasarlo mal. Y lo pasé mal, que es lo que uno pide a un romance que se respete.
Inés Caldeira y Marlon Falcón cuentan la historia de Andrés, ingeniero de estructuras que calcula todo menos a sí mismo, y de Mariela, trabajadora social llegada de Matanzas que se gana la vida cuidando a una anciana mientras pelea con ventanillas. Se conocen en una fiesta de Lavapiés con una frase tan torpe que solo podía ser verdad: «¿Me haces un trabajo social?». Ella no se ríe. Pregunta qué necesita. Ahí ya me tenían.
Lo que brilla es la imagen central: unas fotos de boda cortadas con tijeras de mercería, con una paciencia que da miedo, y un niño de siete años con fiebre que mira lo que falta. La novela convierte ese corte en una pregunta sobre lo que heredamos y lo que decidimos repetir, y la responde sin villanos. Nadie es malo aquí. Hay gente a la que le falta valor, que es peor y más común. Y hay escenas memorables: el café batido con azúcar, una abuela que se despide llamando a su cuidadora por el nombre de una hermana muerta, dos mujeres encendiendo una cocina de carbón en Zamora y riéndose con los dedos tiznados.
Lo que sobra, que algo tenía que encontrar o me quitan el carné de gruñón, es la metáfora ingenieril cuando se pone pesada. El crujido bajo el esternón aparece tantas veces que acabé pidiendo un aparejador. Los autores no se fían del lector y explican la viga cuando ya la habíamos visto sostener el techo. Y el tramo de los años, entre la crisis y los duelos, va con prisa de resumen, como quien enseña las fotos del verano pasando el dedo rápido.
Pero la prosa es limpia, sensorial, con frases que uno apunta en el margen sin vergüenza: «Le faltó valor, no cariño». La emigración se trata con respeto y con detalle, sin postal ni sermón. Los secundarios, de Tomás cantando boleros a la Remedios de la mercería, tienen cuerpo propio. Y el último tercio, con una restauradora que trabaja con engrudo y papel japonés, es de las cosas más delicadas que he leído este año.
Dice la restauradora que en su oficio no se hace nada que no tenga vuelta atrás. En el de novelar, tampoco: este libro me devolvió las ganas de abrir mi lata.
La mitad que faltaba
Inés Caldeira y Marlon Falcón
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Columnista gruñón con debilidad por las buenas frases
