Las tijeras pacientes y el amor que se reparte el peso
Hay libros que empiezan por el amor y otros que empiezan por la herida. «La mitad que faltaba» elige lo segundo: un niño de siete años con fiebre, en Zamora, abre un álbum de boda y descubre que alguien ha recortado a su padre de todas las fotos con una paciencia que da miedo. Su madre cierra el álbum sin decir nada. Esa escena, pequeña y silenciosa, sostiene toda la novela, y está escrita con una delicadeza que ya justifica la lectura.
Andrés es un ingeniero que calcula cuánto aguanta cada viga y nunca se ha calculado a sí mismo. Lo que más me ha interesado como lectora es que su forma de huir no tiene nada de villana: llega tarde, falta con buenas excusas, deja sonar el teléfono. Es un patrón reconocible, de los que he escuchado muchas veces, y el libro lo describe con precisión clínica sin juzgarlo. Cuando Mariela se lo pone delante, en la glorieta de Bilbao, sin reproche, solo como una descripción, la escena duele por lo exacta.
Mariela es el gran acierto. Trabajadora social llegada de Matanzas, firme, cálida, nada idealizada en su papel de salvadora. De hecho, la novela tiene la sensatez de que ella se niegue a ser rescatada cuando pierde su permiso de residencia, y esa negativa dice más del amor sano que muchas declaraciones. Las mujeres secundarias, Remedios, Caridad, Yamilé, están vivas, con sus manías y su humor. La escena en que suegra y nuera encienden juntas una cocina de carbón es de lo más luminoso del libro.
También hay cosas que me han chirriado. La metáfora estructural, grietas, cargas, apoyos, funciona al principio y acaba repitiéndose tanto que pierde fuerza; en algún momento quise que Andrés sintiera algo sin que fuera un crujido bajo el esternón. Algunos símbolos se subrayan demasiado, como si los autores temieran que el lector no los viera. Y la segunda mitad avanza a saltos de años que resumen duelos y crisis importantes en pocas líneas; la emoción está, pero a veces se cuenta más que se vive.
Aun así, lo esencial se sostiene. Las cartas del padre son el corazón emocional del libro: revelan a un hombre que no se fue de un portazo, sino que fue retrasando la vuelta hasta que la vergüenza pesó más que el cariño. Ahí Andrés comprende que una historia familiar se puede heredar sin tener que repetirla, y esa idea, contada con tanta ternura, me ha acompañado después de cerrar el libro.
Es una novela amable, adulta, que trata la pérdida, la emigración y el abandono con respeto y sin regodearse. Recomendable para quien busque un romance que entienda que querer bien también se aprende.
La mitad que faltaba
Inés Caldeira y Marlon Falcón
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Psicóloga y lectora de personajes
