Un romance que se lee como quien pega una foto rota por detrás
Esta mañana, si entrara usted por la puerta con veinte euros y una tarde de domingo por delante, le pondría en las manos «La mitad que faltaba» y le diría: este es de los que se leen con una taza de café al lado, sin prisa. Es la historia de Andrés, un ingeniero de estructuras que calcula al milímetro cuánto aguanta un viaducto pero no sabe quedarse cuando alguien empieza a contar con él, y de Mariela, una trabajadora social llegada de Matanzas que se gana la vida cuidando a una anciana mientras pelea con las ventanillas para que le reconozcan el título. Todo arranca con un recuerdo de infancia en Zamora: un álbum de boda en el que alguien recortó, con una paciencia que da escalofríos, la figura del novio.
Lo que más me gusta es que los autores no se inventan villanos. Aquí el conflicto es un hombre que se va antes de que lo dejen, y una mujer que no está dispuesta a esperar. Hay una escena en la glorieta de Bilbao en la que Mariela le describe a Andrés, sin un solo reproche, cómo se va alguien poco a poco, y es de esas páginas que uno subraya. La frase con la que se conocen, ese torpe «¿Me haces un trabajo social?», funciona como un hilo que vuelve una y otra vez, y vuelve bien.
El ritmo es tranquilo, de cocina a fuego lento, como los frijoles que Mariela y la madre de Andrés preparan en una vieja cocina de carbón en uno de los mejores capítulos. Los secundarios son un regalo: Tomás, el encargado de obra que canta boleros desafinando, o Remedios, la madre mercera que mide a la novia como medía las telas. Y Madrid, del Retiro a Lavapiés, se huele.
¿Pegas? Alguna. La metáfora de las grietas y las cargas es preciosa, pero aparece tantas veces que en la segunda mitad uno ya la ve venir. Y el tramo que resume quince años de matrimonio va con prisa después de tanto mimo; la crisis económica o el nacimiento de la hija pasan casi de puntillas. Hay quien echará de menos más tensión: aquí todo el mundo es buena gente y los obstáculos se resuelven con conversaciones sensatas.
Aun así, es un libro que trata la emigración, el abandono y el duelo con muchísimo respeto, sin regodearse en nada. Se lo recomiendo a quien disfrute de novelas como las de lectura de sobremesa, a parejas que llevan años juntas y a quien tenga una caja de fotos viejas en el altillo. Léalo en otoño, con lluvia. Y tenga a mano un pañuelo para las últimas páginas.
La mitad que faltaba
Inés Caldeira y Marlon Falcón
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