Lo que las tijeras no alcanzaron
Hay novelas sentimentales que se apoyan en la casualidad y otras que se apoyan en la estructura. «La mitad que faltaba», de Inés Caldeira y Marlon Falcón, pertenece claramente a las segundas. Un ingeniero de caminos busca, a once días de su vigésimo aniversario de boda, un regalo que no se pueda romper, y esa búsqueda abre un relato en círculo que va de un altillo de Prosperidad a un dormitorio de Zamora en 1981, donde un niño con fiebre descubre un álbum de bodas en el que alguien ha recortado, con paciencia, la figura del novio.
La imagen es poderosa y los autores lo saben: la manga oscura, el puño blanco, el gemelo que brilla como una gota de agua regresan una y otra vez, y casi siempre en el momento justo. Lo mismo ocurre con la frase torpe con que Andrés aborda a Mariela en una fiesta de Lavapiés, que se convierte en estribillo y en declaración final. La novela entiende algo que la tradición del folletín olvidaba a menudo: el romance es más creíble cuando el obstáculo está dentro del personaje. Aquí el enemigo no es un rival ni un malentendido, sino una costumbre heredada de irse antes de que lo dejen a uno.
El lenguaje es limpio, preciso en lo concreto. El café batido con azúcar, la cocina económica de hierro, la cola de madrugada ante una oficina de extranjería: todo está mirado con cariño y sin folclore. Mariela, trabajadora social llegada de Matanzas, escapa del estereotipo; es ella quien pone los límites y quien rechaza ser rescatada, y esa negativa es lo mejor del libro. Las cartas del padre, escritas desde Colonia, tienen una contención que recuerda a la mejor literatura de la emigración española.
Ahora bien, la metáfora estructural se explota en exceso. El crujido bajo el esternón, las cargas, las grietas que deciden por dónde se romperá todo: lo que al principio ilumina, al final subraya. La novela no se fía del todo de su lector y le explica lo que ya había entendido. Algunos capítulos centrales, además, resumen años enteros con prisa de crónica, y el conflicto de la crisis económica se resuelve con demasiada docilidad. Ningún personaje secundario resulta incómodo de verdad; todos son buenos, y la bondad uniforme resta tensión.
Aun así, el último tercio, con la restauradora del barrio de las Letras y una escena en una residencia de Zamora que no desvelaré, alcanza una emoción ganada página a página. Pocas veces un romance contemporáneo cierra su arquitectura con tanta exactitud. Cuatro estrellas, y no las regalo.
La mitad que faltaba
Inés Caldeira y Marlon Falcón
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