El vestido verde y la etiqueta de detrás
Confieso que tengo en el armario una chaqueta de pana que compré hace años para una presentación de libro. Me la puse una vez. Nadie la miró. Yo sí, toda la noche. Por eso abrí «La etiqueta que nadie ve», de Mateo Quiroga y Marlon Falcón, con la sospecha del que se teme retratado. Acerté.
El libro parte de una escena: Lucía, medianoche, manzanilla fría, un vestido verde botella en el carrito y una cena el sábado. Los autores la dejan con el dedo en el aire y vuelven a ella siete capítulos después. Es un truco de novelista, y funciona. Entre medias desfilan Irene en un probador de luz despiadada, Raúl aparcando a dos calles para esconder su coche abollado, Andrés y un reloj que le dura de consuelo lo que tarda el ascensor en subir seis plantas. Pequeñas historias, bien contadas, que sostienen la teoría sin aplastarla.
Y la teoría es seria. Beck, Ellis, la flecha descendente, el efecto foco, el refuerzo negativo, la exposición gradual, Epicteto con su distinción entre lo que depende de nosotros y lo que no. Nada nuevo bajo el sol cognitivo-conductual, pero explicado con una claridad que ya quisieran muchos manuales. El tono es lo mejor: no hay culpables ni sermones contra el consumo. Los autores defienden el derecho a comprarse algo bonito y desconfían, con razón, de quien cambia una exigencia por otra. Además, recuerdan con sensatez cuándo conviene buscar ayuda profesional, sin dramatizar.
Lo que sobra. Cada capítulo termina con su ejercicio, y a partir del sexto uno siente que está haciendo los deberes de verano. Columnas, círculos concéntricos, escalas del cero al diez: útiles, sí, pero acumulados acaban pesando como la armadura de Jorge. El decálogo final, que resume todo lo anterior, tiene algo de lista de la compra. Y la estructura es tan regular, anécdota, concepto, matiz, ejercicio, moraleja, que hacia la mitad se le ven las costuras.
Lo que brilla son las frases. «Comparamos nuestra trastienda con su escaparate, y la trastienda siempre pierde». «Muchas compras para aparentar se dirigen a un público que no ha comprado entrada». «Una exigencia te arrastra con correa». Las subrayé todas, como el viejo hipócrita que soy. Y la imagen central, que cada compra lleva dos etiquetas, la del precio y la de lo que esperamos que haga por nosotros, es de esas que se quedan a vivir en la cabeza.
No diré qué pasa en la cena de Lucía. Solo que mi chaqueta de pana sigue en el armario, y ahora sé qué ponía en su segunda etiqueta. Hay libros que te venden algo. Este, por suerte, te enseña a leer el ticket.
La etiqueta que nadie ve
Mateo Quiroga y Marlon Falcón
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Columnista gruñón con debilidad por las buenas frases
