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Lucía, el vestido verde y la segunda etiqueta

Nerea Solís

2 de noviembre de 2026

★★★★★

Empiezo por donde empieza el libro: una mujer en un sofá, a medianoche, con una manzanilla fría y un carrito lleno. Lucía no es un caso clínico ni un ejemplo de manual. Es alguien que ha tenido una mala semana, que se siente un poco transparente y que busca en un vestido verde lo que no le han dado en una reunión. Reconocí ese gesto enseguida, y creo que muchos lectores lo reconocerán también.

«La etiqueta que nadie ve» es un ensayo de psicología práctica, no una novela, pero lo he leído como leo a los personajes, porque está lleno de ellos. Irene en el probador, Raúl aparcando a dos calles para que nadie vea su coche, Andrés y su reloj comprado en una hora de comer sin comida, Pilar recorriendo seis tiendas detrás de un abrigo que no existe. Cada capítulo se abre con una escena breve y luego la desmonta con herramientas de la terapia cognitivo-conductual y del estoicismo. Lo valioso es que esas escenas no se sienten fabricadas para ilustrar una teoría. Tienen detalles pequeños y certeros: la luz cenital del probador, el primo del coche nuevo que también come intranquilo por la cuota que acaba de firmar.

Los autores tienen un tono que agradezco mucho: no culpan. Insisten en que querer pertenecer es humano, en que las cosas bonitas no son el problema y en que la culpa es mala maestra. Cuando hablan del ciclo de alivio y malestar, o del miedo a parecer menos, recuerdan con sensatez cuándo conviene pedir ayuda profesional. Las explicaciones sobre Beck, Ellis o Epicteto son claras y no pretenden más de lo que pueden ofrecer.

Ahora, lo que me chirrió un poco. La estructura se repite con mucha disciplina: escena, concepto, matiz justo, ejercicio, regreso al personaje, frase final redonda. Funciona, pero hacia la mitad empecé a anticipar el cierre de cada capítulo, y algunas de esas frases finales suenan más a sentencia elaborada que a algo que alguien diría. También noté que casi todos los personajes resuelven su dilema con bastante limpieza. Me habría gustado alguno que se quedara a medias, o que comprara y se arrepintiera sin moraleja, porque así se parecería más a la vida.

La excepción, y el mayor acierto, es el regreso de Lucía. Su historia tiene un final modesto, con una conversación torpe y nada de epifanías, y por eso resulta verdadera. Que la solución apunte al lugar donde estaba el malestar, y no al armario, es la mejor lección del libro.

Al cerrarlo me quedé pensando en mis propias compras, sin reproche, con curiosidad. Para un libro así, no se me ocurre mejor elogio.

La etiqueta que nadie ve

Mateo Quiroga y Marlon Falcón

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Psicóloga y lectora de personajes