Una cabaña inventada y un cielo que duele de verdad
Lo confieso: cuando vi que iba de un programador cordobés que monta una editorial con autores generados por modelos de lenguaje, puse los ojos en blanco. Pensé que me esperaba un ensayo disfrazado de novela, muy listo y muy frío. A las diez páginas ya había cambiado de opinión, y sin vergüenza ninguna.
Iván Sosa lleva once años haciendo aplicaciones que nadie recuerda. Una mañana de otoño hace la cuenta y no le gusta. Ahí entra el abuelo Marlon, mecánico de tractores que contaba historias los domingos y no terminaba ninguna, y con él entra el corazón del libro. La premisa es ingeniosa, pero lo que me enganchó fue el hueco: una frase a medio escribir en la ficha de un autor inventado, Tomás, un ingeniero que dejó los satélites "porque"... y nada más. Ese "porque" vacío me tuvo con el móvil en la mano y la parada pasada.
Lo mejor es cómo la novela convierte cosas técnicas, la memoria limitada o la coherencia, en preguntas sobre quiénes somos. Hay una escena en un bar de la Cañada, con una antropóloga que le dice a Iván que las vidas reales no encajan, que lo más verdadero es lo que no cierra, y tuve que cerrar el libro un momento. Y luego llega Nora, maestra jubilada de Godoy Cruz, que escribe con mayúscula al principio y punto al final. No digo más. Solo que su primera carta me desarmó en plena hora punta.
También me encantó que la ciencia ficción aquí sea pequeña y doméstica. No hay naves, hay cuadernos, mates, heladas y un telescopio que tarda una hora en aclimatarse. Cuando el libro por fin sale al frío de verdad, la prosa se vuelve física: se siente el ocular helado en la ceja y la escarcha crujiendo.
¿Pegas? Alguna. En la parte central, la de los resaltadores de colores, el libro explica de más lo que ya había dejado intuir, y por momentos todo es tan delicado y tan amable que eché de menos un poco de aspereza. Es curioso, porque es justo lo que critica uno de los personajes. El tramo del viaje también se huele de lejos, aunque luego lo borda.
Pero el final, que no voy a contar, es de los que no necesitan cerrarlo todo, y eso le da la razón al abuelo Marlon. Es un libro tierno, inteligente y triste sin regodearse en nada, perfecto para quien cree que la ciencia ficción es solo de robots. Mandádselo a esa amiga que mira el cielo cuando nadie la ve.
La cabaña que no existe
Tomás Arrieta y Marlon Falcón
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Lectora voraz de veintitantos, sin paciencia para lo aburrido
