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Un ingeniero que no existe y tres décimas que sí

Ramiro Etxeberria

1 de noviembre de 2026

★★★★★

Hace años un editor me devolvió una columna con una sola anotación al margen: «Esto cierra demasiado». Me ofendí una semana. Luego le di la razón, que es lo que uno hace con los editores cuando ya han muerto. Me acordé de él leyendo «La cabaña que no existe», porque es una novela que sabe exactamente eso y lo convierte en su tema.

Iván Sosa, programador cordobés con diecinueve aplicaciones olvidadas a la espalda, funda una editorial de autores inventados. Les da fichas, manías y, sobre todo, un cuaderno donde anotan lo que ya escribieron. El primero es Tomás Arrieta, ingeniero de satélites retirado en la Patagonia, cuya ficha queda con una frase colgando: dejó los satélites «porque». Lo que ocurre en ese hueco es el corazón del libro, y no lo voy a contar.

Lo que brilla, y brilla mucho, es la idea de que la coherencia sostenida el tiempo suficiente empieza a parecerse a una biografía. El libro la explica con imágenes que uno subraya sin pudor: el paleontólogo que deduce un animal a partir de un fémur, el crucigrama donde cada palabra resuelta estrecha a las vecinas, el cuaderno que ya no cabe en la mesa. Y entonces aparece Carla, la antropóloga, para dinamitarlo con una frase que me apropio desde hoy: lo más verdadero suele ser lo que no cierra.

Mejor todavía es Nora Villalba, maestra jubilada de Godoy Cruz, con su mayúscula al principio y su punto al final. Sus cartas a Tomás son lo mejor de la novela, y la escena del té con membrillo cortado en cuadrados exactos justifica por sí sola el precio. Nora no es ingenua; es una mujer que eligió. Pocas veces he leído la soledad tratada con tanta delicadeza y tan poca autocompasión.

Lo que sobra, que es poco, viene del propio pulso del libro. A ratos la prosa es tan pulcra que roza aquello que Carla reprocha: todo encaja, cada símil vuelve en el capítulo justo, el cielo naranja de Córdoba reaparece como un reloj suizo. Las explicaciones técnicas, además, se repiten una vez más de lo necesario. Uno entiende la ventana de contexto a la primera; no hace falta que la novela nos la vuelva a dibujar.

Pero el viaje a Bariloche, con un telescopio que tarda una hora en aclimatarse y un hombre que tampoco lo logra, me ganó del todo. Ahí la novela deja de razonar y se pone a mirar, que es lo más difícil.

Es ciencia ficción sin naves, o con una sola que se descarta pronto. Es un libro sobre la memoria como acto de elección y sobre la compañía que no necesita saber quién la hace. Mi viejo editor habría anotado que cierra demasiado. Yo le contestaría que esta vez lo hace con el permiso de quienes lo habitan.

Hay historias que conviene dejar para la próxima. Esta, por suerte, llega.

La cabaña que no existe

Tomás Arrieta y Marlon Falcón

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Columnista gruñón con debilidad por las buenas frases