Un hueco con forma de persona
Hay novelas que se leen y novelas que se escuchan. «La cabaña que no existe» pertenece a las segundas: avanza con la cadencia de una sobremesa, sin apuro, y obliga a bajar la voz por dentro. Iván Sosa, un programador cordobés que hace la cuenta de sus diecinueve aplicaciones olvidadas, inventa una editorial con autores que no existen. Lo que podría haber sido un ingenio tecnológico se vuelve otra cosa: una pregunta sobre qué hace falta para que alguien sea alguien.
Lo que más me conmovió es cómo se construyen los personajes por sus huecos. La ficha de Tomás Arrieta tiene una oración sin terminar, y ese «porque» vacío funciona como el centro emocional del libro. Iván lo esquiva como quien esquiva un pozo en su propia vereda, y uno intuye pronto que no habla solo de Tomás. Es una idea psicológicamente fina: muchas veces lo que no podemos completar sobre otros es lo que todavía no completamos sobre nosotros.
Nora Villalba es, para mí, el gran personaje. Una maestra jubilada que escribe con mayúscula al principio y punto al final, que guarda un telescopio arriba del ropero y que no es ninguna ingenua. Su escena en la cocina, con el té y el dulce de membrillo cortado en cuadrados exactos, tiene una verdad que no se fuerza. Su duelo está contado sin regodeo: una casa que no quedó triste, sino muda. Pocas veces leí una definición tan precisa de la soledad tras una pérdida.
También funciona Carla, la antropóloga, que irrumpe con una sospecha incómoda: las vidas reales no encajan. Esa objeción le da al libro una honestidad que agradezco, porque nombra su propio riesgo. Y lo tiene. Por momentos la novela es tan prolija como los autores de Iván, cada detalle reaparece en su lugar, y algunas resonancias, como el gesto de apartarse del ocular, se subrayan más de lo necesario. Iván, además, piensa a veces en frases demasiado redondas para alguien tan dubitativo.
Aun así, el viaje al sur salva cualquier reparo. La espera del telescopio, los ojos que tardan, las estrellas que llegan de a una: ahí la novela deja de explicar y se limita a mirar, y ese cambio de ritmo es una pequeña revelación.
Es ciencia ficción en el sentido más íntimo, la que usa una máquina para hablar de duelo, compañía y de qué decidimos conservar cuando ya no cabe todo. No voy a contar adónde llega. Solo diré que el libro, como el abuelo Marlon, sabe cuándo levantarse de la mesa. Al cerrarlo me quedó una sensación serena y algo rara: la de haber sido escuchada.
La cabaña que no existe
Tomás Arrieta y Marlon Falcón
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Psicóloga y lectora de personajes
