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Un cuaderno, un hueco y la memoria como arquitectura

Aurelia Vidal

1 de noviembre de 2026

★★★★★

Hay libros que se anuncian como ciencia ficción y resultan ser, en el fondo, novelas sobre el duelo y la transmisión. «La cabaña que no existe» pertenece a esa estirpe. Su premisa es casi doméstica: un programador cordobés, cansado de construir aplicaciones que nadie recordará, funda una editorial de autores inventados y descubre que, al darles un cuaderno donde anotar lo que escriben, esos autores empiezan a tener pasado. Lo especulativo aquí no son las naves ni los futuros remotos, sino algo más incómodo y cercano: qué es una vida si puede deducirse.

La arquitectura es su mayor virtud. La novela avanza por estaciones, del otoño de Alberdi a la helada patagónica, y cada capítulo plantea un problema técnico que se resuelve como un problema moral. La repetición de los libros lleva a la memoria; la memoria, a la biografía; la ventana limitada del modelo, a la pregunta de qué conservar. El motivo de las historias sin final del abuelo Marlon funciona como bajo continuo y se resuelve con una elegancia que no voy a desvelar. Hay rimas internas muy cuidadas: el telescopio que tarda una hora en aclimatarse, el gesto de apartarse del ocular para que mire otro, la línea incompleta de la ficha que el protagonista nunca se atreve a cerrar.

La prosa es limpia, de frase media, con un oído atento al habla rioplatense y a los detalles que dan cuerpo: los parabrisas raspados con tarjetas viejas, el dulce de membrillo en cuadrados exactos. El personaje de Nora, la maestra jubilada de Godoy Cruz, es lo mejor del libro; su escena en la cocina tiene la contención de un buen cuento de Haroldo Conti y desarma cualquier sospecha de sentimentalismo con una frase seca y certera.

Ahora, los reparos. El narrador explica demasiado. Casi cada hallazgo viene acompañado de su glosa, como si el texto desconfiara del lector; la comparación del paleontólogo y el fémur, por ejemplo, subraya lo que la escena ya había dicho. Y resulta irónico que una novela que pone en boca de una antropóloga el elogio de lo que no cierra sea, ella misma, tan perfectamente coherente: todo encaja, cada motivo regresa a tiempo, nada sobra ni desconcierta. Se echa de menos un boxeador que se haga seminarista. Ciertas fórmulas, además, se repiten con insistencia, como las estrellas tenaces o el cielo naranja en los bordes, hasta rozar el tic.

Aun así, pocas veces la ciencia ficción ha pensado la memoria artificial con tanta ternura y tan poca grandilocuencia. Es un libro que se lee despacio, como se espera a que lleguen las estrellas. No es perfecto, pero tiene algo que el oficio solo no garantiza: me hizo preguntarme qué pasaría yo en limpio.

La cabaña que no existe

Tomás Arrieta y Marlon Falcón

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