La bata en la percha: un libro de autoayuda que no te grita
Confieso el prejuicio: psicología práctica sobre la jubilación, yo con veintitantos, leyendo en el metro. Pensé que lo dejaba en la página diez. Pues no. En la página diez ya estaba enganchada a una caja de cartón vacía en el asiento del copiloto, y eso dice mucho de cómo arranca este libro.
La jugada es sencilla y funciona: cada capítulo sigue a Juan José, JJ para todos, un médico de familia que cuelga la bata tras casi cuarenta años, y a partir de lo que le pasa se explica una idea y se propone un ejercicio. Ellis, Beck, Epicteto, Frankl, Séneca, la activación conductual, la exposición gradual. Suena a temario, pero entra como una novela corta con apuntes al margen.
El momento que me hizo parar fue en la panadería, cuando la dueña le dice «que vaya bien, Juan José» en vez de «doctor» y a él se le queda una sensación rara en el estómago. Cerré el móvil y me quedé mirando por la ventanilla. Ese detalle mínimo explica mejor que cualquier gráfico lo que significa perder un rol. Y la diferencia entre «trabajo como médico» y «soy médico» me la apunto para mí, que no estoy jubilada pero sí bastante fusionada con mi curro.
Otra cosa que me ganó: el humor. Elena, la mujer de JJ, es la mejor secundaria del año. Su pregunta de si la lista de proyectos es un plan para disfrutar o unas oposiciones me hizo reír en voz alta en un vagón lleno. Y la escena de las especias ordenadas alfabéticamente es pura comedia doméstica, contada con cariño y sin caricatura de nadie.
También valoro mucho que sea honesto. Cada herramienta viene con sus límites y con un aviso claro de cuándo toca pedir ayuda profesional. No promete curas milagrosas ni una curva ascendente hacia la felicidad, y eso, en un género lleno de promesas, se agradece.
Ahora, las pegas. La estructura es tan regular que a mitad de libro ya sabes el baile: escena de JJ, explicación, ejercicio, advertencia, cierre con frase bonita. Las advertencias, aunque necesarias, se repiten casi con las mismas palabras y acaban sonando a fórmula. Y algunas frases finales de capítulo buscan tanto el aforismo que rozan la taza de desayuno. Con un poco más de riesgo en la forma habría sido redondo.
Aun así, es de esos libros que se regalan con intención. Si tienes a alguien recién jubilado cerca, o a punto, dáselo. Y si eres tú quien se identifica con la bata, aunque te falten décadas para colgarla, léelo también. A mí me ha dejado pensando en mis propias perchas.
La bata en la percha
Mateo Quiroga y Marlon Falcón
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Lectora voraz de veintitantos, sin paciencia para lo aburrido
