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Una bata, una percha y ninguna prisa

Ramiro Etxeberria

2 de noviembre de 2026

★★★★★

Cuando me jubilaron del último periódico que me quedaba, un compañero me preguntó qué iba a hacer ahora. Contesté «leer», que es lo que contesta quien no tiene ni idea. Por eso abrí «La bata en la percha» con el ceño fruncido de rigor. Los libros que te explican cómo vivir suelen tener demasiadas mayúsculas y demasiados atardeceres. Este no.

La fórmula es sencilla. Un médico de familia, JJ, cuelga la bata tras treinta y ocho años, y a lo largo de un año lo acompañamos mientras descubre que el tiempo libre también pesa. Cada capítulo alterna la escena con la explicación y remata con un ejercicio: dos columnas, diez frases que empiezan por «Soy alguien que…», una escalera para perder el miedo al ridículo. Por el camino desfilan Ellis, Beck, Frankl, Epicteto y Séneca, bien citados y sin pedantería, que ya es raro.

Lo que brilla es JJ. Y Elena, que merecería libro propio. Hay frases que subrayé sin querer, que es como subrayo siempre. «Recetar paseos es bastante más fácil que dárselos». «En casa de herrero, cuchillo de palo», aplicado a un médico que se diagnostica la rodilla a las tres de la madrugada. O esa Elena que mira por encima de las gafas sin decir nada, «que es una forma muy eficaz de decirlo todo». La escena de las especias ordenadas del anís al tomillo vale más que muchos tratados sobre la convivencia en pareja. Y el detalle final del tomillo, que no les cuento, es de una ternura muy bien medida.

También brilla la honestidad. El libro distingue entre la tristeza razonable y la que pide consulta, y lo hace sin dramatismo y con insistencia. Reconoce que hay problemas, como los de dinero, que no se arreglan pensando bonito. Y se niega a vender el año de JJ como una curva ascendente: hay un febrero gris del que no se extrae ninguna lección. Bendito sea.

Lo que sobra, que algo sobra. La estructura es tan regular que a mitad de libro uno adivina el compás: anécdota, distorsión cognitiva, cita ilustre, ejercicio, advertencia, frase de cierre. Las advertencias de buscar ayuda profesional, necesarias, se repiten casi con las mismas palabras capítulo tras capítulo. Y algunas frases finales se esfuerzan demasiado por parecer azulejo de cocina. Un poco menos de moraleja y el lector, que es adulto, habría llegado solo.

Aun así, es un manual útil y amable, escrito con oficio y con humor, que trata a los jubilados como personas y no como clientes de crucero. Se lo regalaría a cualquiera que esté a punto de vaciar los cajones. Y me lo regalaría a mí, con un año de retraso.

Una bata no es la piel, dice el libro. Tampoco una columna. Pero cuesta colgarlas.

La bata en la percha

Mateo Quiroga y Marlon Falcón

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Columnista gruñón con debilidad por las buenas frases