Una bata, una percha y once capítulos de oficio
El género de la psicología práctica suele dividirse entre el recetario frío y la fábula edulcorada. «La bata en la percha», de Mateo Quiroga y Marlon Falcón, elige un tercer camino y lo recorre con oficio: cada capítulo arranca con una escena de Juan José, médico de familia recién jubilado, y desemboca en una explicación clara y en un ejercicio. La fórmula no es nueva, pero aquí está bien ejecutada, y eso ya la distingue de buena parte de sus vecinos de estante.
Lo primero que celebro es la arquitectura. El libro se abre con un despertador y una caja de cartón vacía y se cierra, un año después, con la misma prenda colgada en otra percha. Entre ambos extremos, los motivos regresan con una disciplina casi novelesca: la pregunta de Álvaro, la hoja de dos columnas, las orejas que arden, el tomillo fuera de su sitio. Ese sistema de ecos hace que las técnicas, del registro de pensamientos a la exposición gradual o la activación conductual, se perciban como estaciones de un mismo viaje y no como fichas sueltas.
La prosa es limpia, de frase corta y comparación doméstica. Hay hallazgos felices, como la espaldera frente a la maceta o la experiencia entendida como una receta regalada, y un humor discreto que alivia sin restar seriedad: Elena mirando por encima de las gafas, las palomas ociosas del parque. Las referencias a Ellis, Beck, Frankl, Erikson, Epicteto y Séneca están bien elegidas y mejor dosificadas; se citan para iluminar una escena, nunca para lucirse.
Merece elogio, además, una honestidad poco común. Cada herramienta llega acompañada de sus límites, y el libro distingue con cuidado entre la tristeza razonable de una pérdida y las señales que requieren ayuda profesional. El capítulo final se niega a ofrecer una curva ascendente: hay una semana gris sin lección, y un lavavajillas que sigue en disputa.
Ahora bien, esa misma pulcritud es su principal debilidad. La estructura escena, teoría, ejercicio, advertencia y cierre aforístico se repite con tal regularidad que hacia la mitad el lector anticipa cada movimiento. Las frases de remate, siempre redondas, terminan por parecerse demasiado entre sí, y algunos conflictos, como el de la pareja, se resuelven con una armonía algo apresurada. A JJ le falta, a ratos, un rincón de sombra que no se deje ordenar en columnas.
Aun así, es un libro útil, respetuoso con su lector y escrito con cuidado. No regalo estrellas, y esta tampoco la regalo: las cuatro se las ha ganado la coherencia de su voz y la elegancia de su andamiaje.
La bata en la percha
Mateo Quiroga y Marlon Falcón
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