Una castañuela que pregunta y un siglo que tarda en contestar
Mi abuela guardaba los botones sueltos en una lata de galletas danesas. Nunca supe para qué. Ahora lo sé: para que alguien, décadas después, escribiera una novela entera sobre el valor de lo que se guarda. «La bailarina y el número 113» es eso, una lata de botones: un pañuelo, un abanico, un mantón, un eslabón, media pareja de castañuelas. Y con eso, Inés Caldeira y Marlon Falcón levantan la historia del joven José Martí en las canteras de San Lázaro.
Desconfío por oficio de las novelas con próceres dentro. Suelen salir estatuas con diálogo. Aquí no. El Martí de dieciséis años escribe con la cabeza ladeada, "como si escuchara lo que iba a poner antes de ponerlo", y esa frase me compró el libro en la página tres. Lo demás lo hicieron las madres. Leonor Pérez cose porque no sabe hacer otra cosa con el miedo, y don Mariano se afeita dos veces la mañana del juicio. Son detalles pequeños, de los que no salen en los manuales, y son los que pesan.
Lo que brilla es la invención: Amparo Lucena, bailarina gaditana que, al ver un hueco en la reja del presidio, decide bailar donde no haya bandera. La escena del mantón extendido sobre la cal, al atardecer, es de las que uno lee de pie. Y la novela tiene la decencia, rara hoy, de no buscar villanos: el sargento de Zamora, el centinela que bosteza, el soldado de Lugo que ofrece el brazo. Aquí nadie lleva un solo color en la sangre, y se agradece.
Lo que sobra. Alguna metáfora de más, puesta como quien añade un volante a una falda que ya tenía cuatro. Ciertos personajes demasiado buenos, todos con una abuela sabia y una frase redonda en el bolsillo. Y el capítulo del café cantante en Cádiz, con su falsa aparición, huele a recurso de guionista. El lector no necesitaba el susto: ya estaba dentro.
La estructura, en cambio, es de relojero. Lo que se siembra se recoge, y los versos de Martí entran donde tienen que entrar, sin solemnidad, como quien abre una carta esperada. Los que conozcan los Versos sencillos adivinarán hacia dónde va todo; no por eso emociona menos. Del final no diré nada, salvo que las castañuelas, como los buenos matrimonios, necesitan distancia para entenderse.
Dice uno de sus personajes que hay hombres que salen del presidio con la cadena por dentro. Este libro hace lo contrario: entra en el presidio y sale con una canción. No es poco. A mi edad, es casi todo.
La bailarina y el número 113
Inés Caldeira y Marlon Falcón
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Columnista gruñón con debilidad por las buenas frases
