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Una castañuela que pregunta y otra que contesta

Nerea Solís

2 de noviembre de 2026

★★★★★

Hay libros que cuentan la historia de un hombre y libros que cuentan lo que ese hombre recibió de los demás. «La bailarina y el número 113» pertenece a los segundos. Parte del joven Martí condenado a las canteras de San Lázaro, pero lo que de verdad le interesa a la novela son las manos que lo sostienen: una madre que cose almohadillas para un tobillo herido, un anciano que enseña a no entregar el corazón al hierro, un sargento de Zamora que dobla un trapo con cuidado de enfermero, una bailarina gaditana que entiende sin explicaciones lo que vale una promesa.

Lo que más me ha conmovido es Leonor. Pocas veces he leído el miedo de una madre tan bien escrito, y sin un solo grito. Cose porque no sabe hacer otra cosa con el miedo, le arregla el cuello de la chaqueta al hijo que se llevan, sonríe a una desconocida porque reconoce en su dobladillo a otra mujer que trabaja con las manos. Su encuentro con Amparo, hablando de hilos a la sombra del muro, es de lo más verdadero del libro: dos personas que se reconocen por el oficio antes que por la pena.

Amparo funciona también, sobre todo cuando duda. Acepta el encargo del comandante pensando en la cajita de hojalata y en las manos estropeadas de su madre, y ese motivo tan humano la hace creíble. El gesto de bailar donde no hay mástil podría haber sido un capricho romántico; aquí nace de una noche sin dormir y de una frase repetida hasta gastarla, y por eso emociona.

La novela trata un tema delicado con tacto admirable. La cárcel duele, pero no se recrea en el sufrimiento, y nadie es villano por su origen: el peninsular ofrece el brazo, el centinela tiene madre. El libro insiste en que se puede resistir sin odiar, y lo demuestra en las escenas más que en los discursos.

Mis reservas son de afinación. A veces la novela se escucha a sí misma demasiado: las simetrías de fechas, el papel doblado por sus mismos pliegues, la castañuela que pregunta y la que contesta, están tan bien colocadas que en algún momento se nota la mano que las coloca. Y algunos personajes secundarios, el sargento sobre todo, son tan buenos que me habría gustado verles una grieta. José, por su parte, roza en ocasiones la perfección del retrato, cuando sus mejores momentos son los de un muchacho cansado que apoya la cabeza contra la pared.

Aun así, la cerré con la sensación de haber estado en buena compañía. Es un libro sobre la pequeña libertad de elegir a quién ayudar a levantar un cajón, y esa idea se me ha quedado dentro, sonando aguda y clara, esperando respuesta.

La bailarina y el número 113

Inés Caldeira y Marlon Falcón

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Psicóloga y lectora de personajes