Una castañuela que pregunta y otra que contesta
Si entra usted por la puerta y me dice que le gustan las novelas históricas pero se cansa de batallas y fechas, le pondría este libro en la mano. «La bailarina y el número 113» cuenta los meses en que un Martí de dieciséis años pasa de escribir versos junto al quinqué de su madre a picar piedra en las canteras de San Lázaro, con una argolla en el tobillo. Y lo cuenta desde los márgenes: la madre que cose, el padre que se afeita dos veces la mañana del juicio, un anciano preso, un niño de doce años, un sargento de Zamora y una bailarina gaditana que llega a La Habana para ganar doce pesos a la semana.
Lo que más me ha gustado es que nadie es de cartón. Hay un soldado gallego que ofrece el brazo a un padre destrozado, un sargento que mete un trapo entre el hierro y la piel, una dueña de presidio que se aficiona al jaleo. La novela tiene muy claro que la dureza está en el sistema y no en las personas, y lo dice sin sermones. Las escenas duras, que las hay, se resuelven con pudor: un tobillo que no cierra, una fiebre de noche, un pañuelo doblado. Nada se recrea en el dolor.
El ritmo es pausado, de capítulos cortos que van de una mano a otra como un hilo. Engancha por acumulación de detalles: el olor a melaza, el percal con lunares granate, las castañuelas de granadillo que hablan entre sí. El hilo de Amparo, la bailarina, es el corazón del libro, y la escena del mantón sobre la cal del atardecer es de las que uno recuerda semanas después. Que el gran encuentro de los dos protagonistas sea casi sin palabras es una decisión valiente y le sienta muy bien.
Ahora, lo que no termina de cuadrar. Los primeros capítulos son un poco más de lo mismo, todos empiezan con «el cuatro de» y una estampa atmosférica, y alguna comparación se repite (el abanico, el olor a cal) más de la cuenta. Hacia el final, el salto a Madrid y Nueva York va deprisa, casi en resumen, cuando la primera mitad se había tomado su tiempo. Y la casualidad del mantón en Cádiz roza lo dulzón, aunque lo salva con un giro sencillo.
¿Para quién es? Para quien leyó alguna vez «La niña de Guatemala» en el colegio y nunca supo de dónde venía. Para lectores de novela histórica íntima, de las que se leen en dos o tres tardes de domingo, con un café al lado. Para regalar a una madre, o a un hijo. No es un libro de aventuras ni de intriga política: es un libro sobre la pequeña libertad de elegir a quién ayudar.
Léanlo despacio. Y busquen después el poema, que les va a sonar distinto.
La bailarina y el número 113
Inés Caldeira y Marlon Falcón
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