El hierro y la madera: una castañuela que pregunta durante veinte años
Lo primero que conviene decir de «La bailarina y el número 113» es que sabe de dónde viene. Inés Caldeira y Marlon Falcón parten de un episodio documentado, el presidio del joven Martí en las canteras de San Lázaro, y de un poema que cualquier lector hispanoamericano lleva en la memoria, y tejen entre ambos una ficción que no traiciona ni a uno ni a otro. La arquitectura es nítida: capítulos fechados con una regularidad casi litúrgica, voces que se alternan entre la madre, el padre, el preso y la bailarina gaditana, y un salto final a Nueva York que cierra el círculo con el nacimiento de los versos.
El gran acierto está en la contención. La cárcel se cuenta sin regodeo: la argolla, la blancura de la cal, el cansancio, pero nunca la crueldad exhibida. El sargento de Zamora, el centinela gallego, el herrero que no pregunta, componen un retrato donde nadie es villano por su origen, y la novela convierte esa idea, la del hombre que se niega a odiar, en su columna vertebral. Las escenas de Leonor cosiendo son lo mejor del libro; ahí la prosa encuentra su tono justo, doméstico y grave a la vez.
Hay también una inteligencia simbólica que agradezco: la castañuela partida en dos, la que pregunta y la que contesta, sostiene el armazón sentimental con más eficacia que cualquier declaración. Y el baile en la cantera, sin mástil en el horizonte, es una escena memorable, de esas que justifican una novela.
Ahora bien, el lápiz de esta lectora tiene reparos. El libro desconfía a veces de su propio lector y subraya lo que ya había dicho bien: frases sentenciosas al cierre de cada capítulo, ecos que se repiten un punto de más (la ciudad como abanico, los pliegues de la carta, el «moviendo los labios»). La sabiduría popular puesta en boca de vendedoras y cocineras roza en algún momento la estampa. Y el episodio de Cádiz, con su mantón falso, me pareció un rodeo encantador pero prescindible.
En la tradición, el libro se emparenta con esa novela histórica íntima que prefiere el bordado a la batalla, más cerca de la sensibilidad de una Almudena Grandes contenida que del fresco épico. No pretende reinterpretar a Martí, sino acompañarlo, y lo hace con respeto y sin hagiografía estridente. La lengua es cuidada, rica en léxico de oficio, de la costura al baile, y rara vez cae en el anacronismo.
No diré cómo se cierra; solo que el último capítulo justifica el título y que el poema, al llegar, suena como si lo leyéramos por primera vez. Cuatro estrellas: un libro honesto, bien hecho, que habría merecido algo más de confianza en sus silencios.
La bailarina y el número 113
Inés Caldeira y Marlon Falcón
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