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Un polo de mango con cláusula decimocuarta

Ramiro Etxeberria

1 de noviembre de 2026

★★★★★

Tengo un amigo abogado que dice que el derecho es el arte de leer lo que nadie lee. Se lo conté a mi quiosquero y me vendió un polo de limón sin mirarme. Desde entonces sospecho de todos los hombres que no levantan la vista, y esta novela me ha dado la razón a medias.

«La abogada de la nevera azul» cuenta la historia de Rosa Medina, abogada colombiana recién divorciada que vende helados en la Barceloneta mientras su título duerme en un cajón, debajo de los bañadores. Esa imagen, la del diploma escondido que no cabe en ninguna pared «sin parecer un reproche», es de las que justifican el precio de un libro. Y vuelve, transformada, como una pregunta. Ahí hay oficio.

Lo que brilla es la letra pequeña. La cláusula decimocuarta, esa «puerta que solo se abre por un lado», funciona como metáfora jurídica, sentimental y hasta arquitectónica, y Noa Ferrer y Marlon Falcón la exprimen sin dejarla seca. Brillan también los secundarios: Pilar, setenta años y un «ya» que contiene tres párrafos de opinión; Lucía, la peluquera que llama rendición a una coleta; Marisol y sus arepas a las tres de la madrugada. Y brillan los malentendidos léxicos entre orillas del idioma, con el tinto que llega en copa y la pena que en Cali es vergüenza. Se nota cariño por las palabras, que es lo mínimo que uno pide y lo que menos encuentra.

Lo que sobra, porque algo sobra siempre, es la plantilla. El casi beso interrumpido por una clienta que busca a Agatha Christie, el abrazo malinterpretado tras un cristal, la oferta millonaria que pone a prueba el amor: son estaciones de un tren que el lector ya ha tomado muchas veces. La rival que acaba siendo aliada también tiene billete de vuelta desde la primera página. Y el último tramo acumula tantos lazos bien atados que uno echa de menos un cabo suelto, aunque sea por higiene narrativa.

Pero conviene decir lo que esta novela hace mejor que muchas: entiende que el obstáculo verdadero no es el librero de ojos grises, sino veinte años de bajar la voz en las cenas. El romance es la guinda; el pastel es una mujer recuperando su tamaño. Eso, más la honestidad con la que trata la homologación, los avisos de «no estoy colegiada» y la ética de no aconsejar a ciegas, le da un peso que la etiqueta de romántica no siempre promete.

Es una lectura luminosa, tierna sin empalagar demasiado, que cualquiera puede regalar sin miedo. Previsible, sí. Pero también lo es el mar, y nadie deja de mirarlo.

Rosa no vuelve a empezar: empieza por fin. Yo, que lo he leído todo, empecé a leerla con desconfianza y terminé pidiendo uno de mango.

La abogada de la nevera azul

Noa Ferrer y Marlon Falcón

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Columnista gruñón con debilidad por las buenas frases