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Una mujer que aprende a ocupar su sitio, polo a polo

Nerea Solís

1 de noviembre de 2026

★★★★★

Hay personajes que llegan a una novela ya explicados, y hay otros que se van revelando en gestos pequeños. Rosa Medina pertenece a los segundos. Abogada colombiana que vende helados en la Barceloneta, guarda su título en el fondo de un cajón, debajo de los bañadores, y esa imagen dice más de ella que cualquier párrafo de historia previa. Lo que me conmovió desde el principio es que su herida no es espectacular: no hay villanos, sino veinte años de hacerse pequeña tan poco a poco que ni ella lo notó. Ese tipo de desgaste silencioso es difícil de escribir sin caer en el reproche, y aquí se escribe con una ternura notable, incluso hacia el exmarido.

La escena del banco del paseo, cuando Rosa escucha a una familia preocupada por un contrato y se muerde la lengua hasta notar el sabor metálico, es de lo mejor del libro. Ahí está todo: la competencia que no se atreve a usar, el miedo a equivocarse en un país ajeno, la culpa posterior. Y ese cajón que por primera vez no cierra del todo. Es una emoción verdadera, contada sin subrayar.

El coro de mujeres que la rodea es el gran acierto. Pilar, con sus «ya» que contienen párrafos enteros; Marisol, que sabe por experiencia que sola no se aguanta nada; Lucía, impulsiva y generosa. Funcionan como una red, no como decorado, y cada una tiene su propia dignidad. Incluso Begoña Sala, la columnista que la acusa, recibe el respeto de tener razón en la mitad, y eso eleva el conflicto.

Andreu, el librero que no levanta la vista, es encantador, y la relación avanza con un humor de regateo y cláusulas que me arrancó más de una sonrisa. Sus dos malentendidos, sin embargo, se apoyan en el mismo mecanismo: algo visto o dicho a medias, días de silencio y una conversación que lo aclara todo en una sola noche. El segundo tiene más fondo, porque ambos actúan desde miedos antiguos y reconocibles, pero la repetición se nota.

Mi reserva principal está en el último tramo. Lo que costó tanto al inicio, homologación, exámenes, el caso de Pilar, se resume de pronto en pocas páginas, y la propuesta de Madrid se desactiva con una claridad casi didáctica. Entiendo que la novela quiere celebrar, y lo merece, pero eché de menos que la duda respirara un poco más antes de resolverse.

Aun así, cerré el libro con una sensación muy concreta: la de haber acompañado a alguien que deja de pedir permiso para existir. Es una romántica donde el amor de pareja importa, pero no más que el amor propio ni que la amistad. Y eso, contado con esta calidez, deja algo dentro.

La abogada de la nevera azul

Noa Ferrer y Marlon Falcón

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Psicóloga y lectora de personajes