MarlonBooks
← Blog

Un polo de mango con cláusulas bien redactadas

Aurelia Vidal

1 de noviembre de 2026

★★★★★

Hay novelas que se leen con el lápiz quieto, y esta no es una de ellas: lo saqué a menudo, unas veces para subrayar un acierto y otras para anotar una costura demasiado visible. «La abogada de la nevera azul» cuenta la historia de Rosa Medina, abogada colombiana que vende helados en la Barceloneta mientras su título duerme bajo los bañadores. El planteamiento es sencillo y la novela lo sabe; su mérito está en la ejecución.

Lo mejor es la lengua. Los diálogos tienen ritmo de comedia clásica, con réplicas breves y un humor que nace de los personajes y no de la ocurrencia. El juego entre el español de Colombia y el de España, con el «tinto», el «esfero» o la «pena» que es vergüenza, no es mero color local: sostiene el tema de fondo, que es aprender a nombrar el mundo de nuevo. Pilar, con sus «ya» que contienen párrafos enteros, es el gran hallazgo secundario de la novela, y Begoña Sala evita con inteligencia el papel de antagonista de cartón.

La arquitectura es más discutible. El libro funciona por ecos: la cláusula decimocuarta, el bolígrafo rojo, el cajón, la familia del banco, la campanilla. En la primera mitad esos motivos se trenzan con soltura; en la segunda, regresan con una puntualidad casi contable, y el lector ve venir cada rima antes de oírla. La novela se ata con tanto esmero que apenas deja un cabo suelto, y eso, en una romántica, es virtud de género, pero también le resta respiración. Los malentendidos amorosos, por ejemplo, siguen el patrón más transitado de la tradición, y los resuelve una conversación que el lector lleva capítulos deseando.

Donde la novela crece es en su núcleo moral. El retrato de un matrimonio sin villanos, hecho de renuncias pequeñas y acumuladas, está escrito con delicadeza y sin rencor, y da sentido a la última decisión de Rosa: elegir lo que quiere y no lo que conviene. Que el amor se plantee como acuerdo entre iguales, sin absorber a la protagonista, es un acierto que agradezco. También el tratamiento del intrusismo profesional, que se toma en serio en lugar de convertirlo en anécdota.

El tono es luminoso de principio a fin; las dificultades existen, pero la red de amigas las amortigua siempre a tiempo. Cualquier adulto puede leerla sin sobresaltos, y muchos la disfrutarán como se disfruta una tarde de verano bien aprovechada.

No es una novela que vaya a cambiar el género, ni lo pretende. Es una novela honesta, escrita con oficio y con cariño por sus personajes. Le pongo un tres, que en mi cuaderno es una nota digna: bien hecha, agradable, y algo previsible.

La abogada de la nevera azul

Noa Ferrer y Marlon Falcón

Ver el libro

Catedrática jubilada, la que nunca regala una estrella