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Treinta y siete relojes y una lupa: el romance que te desmonta pieza a pieza

Zuri Valdés

2 de noviembre de 2026

★★★★★

Empecé esta novela en el metro y me pasé dos paradas. No exagero. La primera página ya me tenía: una perito caligráfica que no puede dormir porque el vecino nuevo se ha mudado con una colección de relojes que hacen tictac a destiempo. Y en vez de aporrear la pared, Inés escribe una queja formal, con hora, en folio bueno y con estilográfica. Ahí supe que esta mujer iba a ser mi persona favorita del año.

La respuesta del vecino, Yoel, un relojero cubano con más paciencia que un péndulo, es tan educada y tan rara que Inés hace lo que haría cualquier profesional obsesiva: analizar la letra. Y lo que encuentra me hizo cerrar el libro, mirar al techo y decir en voz alta «pero qué me estás contando».

Lo que más me ha gustado es el ritmo. Frases cortas, secas, con un humor que no avisa. Hay una escena en una panadería con una barra de pan poco hecha que es de lo más incómodo y tierno que he leído en mucho tiempo. Y el «plan» de Yoel para conquistarla, estructurado como si preparara un atraco, con su compañero de taller añadiendo como cuarto punto «no hacer el ridículo», me tuvo riéndome sola en la cola del súper.

Pero ojo, que esto no es solo romcom. A mitad de libro desaparece el reloj centenario del portal y la novela se convierte en una investigación vecinal deliciosa, con un administrador de sonrisa demasiado perfecta, una portera que lo apunta todo y no lo usa nunca (hasta que sí) y una vecina del 3ºC que merece su propia serie. El misterio está bien tramado, con pistas limpias, y la comunidad de vecinos funciona como un mecanismo de relojería en el mejor sentido.

¿Pegas? Alguna. Hacia el último tercio los giros se encadenan tan rápido que hubo un momento en que tuve que volver atrás para recolocar quién sabía qué y desde cuándo. Es un libro que juega a que todos se ocultan algo, y cuando todos esconden cartas, a veces una pierde la cuenta. También hay un par de escenas de documentos y cotejos que se alargan un pelín más de lo necesario.

Aun así, el final me pareció de una elegancia preciosa. No voy a contar nada, solo que hay un cuaderno de tapas negras y que la última línea me dejó con una sonrisa tonta que me duró hasta la noche. Si os gustan las historias donde el amor se construye a base de detalles pequeños, miradas técnicas y gente demasiado orgullosa para decir lo que siente, corred a por él.

El robo perfecto fue robar tu corazón

Valeria Montes y Marlon Falcón

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Lectora voraz de veintitantos, sin paciencia para lo aburrido