Dos cuadernos, un tabique y un reloj que respira
Hay novelas que se leen y novelas que se escuchan. Esta pertenece a las segundas. Empieza con una mujer que no puede dormir porque al otro lado del tabique suenan relojes, y termina convirtiendo ese ruido en una forma de conversación entre dos personas que no saben decir las cosas de frente.
Inés Salvatierra es perito calígrafa y vive como escribe: con fecha, hora y sin adjetivos. Lo que me ha emocionado de ella es que su rigidez nunca se presenta como defecto que haya que curar, sino como su manera de cuidar. Escribe la queja dos veces para que no haya tachaduras, porque las tachaduras dicen más de quien escribe que las palabras. Ese detalle ya es un personaje entero. Y cuando por fin tacha una línea en su cuaderno, el lector entiende que algo se ha movido dentro de ella sin que nadie lo explique.
Yoel, el relojero cubano, es su reflejo invertido: tiene un plan de cuatro puntos para acercarse a ella y fracasa con gracia en casi todos. La escena de la panadería, cuando dice en voz alta lo que no quería decir y lo oye al mismo tiempo, es de una ternura muy verdadera. Me gusta también que su ternura conviva con una lealtad que le complica la vida, porque eso lo hace creíble.
Los secundarios están vivos. Encarna, la portera que lo apunta todo y no lo usa nunca, tiene una dignidad callada que sostiene buena parte del libro. Toño aparece poco, pero su cuarta línea en el plan es de lo más tierno que he leído en mucho tiempo. La vecina del 3ºC aporta el humor sin caer nunca en la caricatura cruel.
Donde la novela se resiente es en la intriga del reloj. El tono de comedia negra funciona en el ambiente, en las juntas de vecinos y en la amabilidad venenosa del administrador, pero la cadena de pruebas se acumula hasta parecer un expediente: armarios, actas, pólizas, anexos. Hay momentos en que los personajes dejan de sentir para ponerse a explicar, y ahí la novela pierde algo del pulso íntimo que la hace especial.
Aun así, el gran logro está en lo que se dice sin decir. Dos personas que se observan, se anotan y se eligen con un cuidado casi profesional. La reflexión que deja es hermosa: que mirar con atención a alguien también puede ser una forma de amor, siempre que llegue el momento de dejar de mirar en secreto.
Cerré el libro con ganas de escuchar los ruidos de mi propio edificio. Y con la sensación de que la letra de una persona, si se lee despacio, dice muchísimo de quién es.
El robo perfecto fue robar tu corazón
Valeria Montes y Marlon Falcón
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Psicóloga y lectora de personajes
