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Treinta y siete relojes y una vecina que lo apunta todo

Gael Ortuño

2 de noviembre de 2026

★★★★★

Si alguna vez habéis tenido un vecino ruidoso y habéis redactado mentalmente la nota perfecta para meterle bajo la puerta, este libro empieza en vuestro salón. Inés Salvatierra, perito calígrafa de las que no escriben quejas en servilletas, oye a medianoche un tictac que no se pone de acuerdo consigo mismo. El nuevo del 3ºB es Yoel, relojero de Cienfuegos con treinta y siete relojes y muy buena educación. Él contesta a mano. Y ella, que lee las letras como otros leen caras, reconoce esa caligrafía.

A partir de ahí la novela hace dos cosas a la vez y las dos le salen bien. Por un lado hay una comedia romántica de las de método: él se arma un plan de atraco para conquistarla (estudiar el objetivo, medir los tiempos, preparar la entrada) y su socio Toño añade una cuarta línea, «no hacer el ridículo», que se tacha sola la primera semana. La escena de la barra de pan poco hecha en la panadería me hizo reír en voz alta detrás del mostrador. Por otro lado, desaparece el reloj de 1912 del portal, el administrador apunta con mucha amabilidad hacia el relojero, y aquello se convierte en un misterio de comunidad de propietarios con actas, pólizas y firmas falsas.

Lo que más me ha gustado es la textura. Frases cortas, secas, con humor de medio lado. La portera Encarna, que lo apunta todo y no lo usa nunca, es de esos personajes que te gustaría tener en tu edificio. La señora del 3ºC, que lee las novelas empezando por el final, también. Y el cuaderno de tapas negras de Inés, con sus entradas fechadas y sin adjetivos, es un hallazgo: cuenta más de ella que cualquier confesión.

Ahora, lo honesto. La etiqueta dice comedia negra y yo diría que es más bien comedia de enredo con misterio amable: aquí nadie sale herido y lo más oscuro es una póliza de seguros. El tramo central se enreda bastante con presupuestos de 2009, cuñados y domicilios sociales, y hay que leerlo despierto. Algunos giros se apilan tan seguidos al final que uno acaba pidiendo un respiro para apreciarlos. No le resta mucho, pero se nota.

¿Para quién es? Para quien disfruta de los misterios de pueblo pero vive en un piso de Madrid. Para lectores de novela cozy que quieren algo más afilado. Para parejas que se conocieron por casualidad y sospechan que no fue tan casual. Es una lectura de fin de semana lluvioso, con café, sin prisa y con el móvil lejos, porque el placer está en los detalles: una «z» mal hecha, un papel que se transparenta, un lápiz afilado demasiado pronto.

No os cuento cómo acaba. Solo os digo que la última palabra vale el precio del libro.

El robo perfecto fue robar tu corazón

Valeria Montes y Marlon Falcón

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