Por fin un libro de autoayuda laboral que no me hizo poner los ojos en blanco
Confieso que abrí este libro con el dedo preparado para cerrarlo. Psicología práctica, oficinas, habilidades blandas... olía a charla motivacional con diapositivas. Pues a la página tres ya estaba dentro, porque empieza con Clara llegando a las nueve y cuatro con el café frío y soltando un «ahora no» que viaja de mesa en mesa como una corriente de aire. Yo he sido Clara. Probablemente tú también.
La estructura es sencillísima y funciona: cada capítulo arranca con una escena de oficina con hora y día, casi como un microrrelato, y luego desmonta qué ha pasado por dentro. Marta interpretando un saludo olvidado como desprecio, Sofía diciendo «claro» a todo, Iván leyendo seis veces un correo de tres líneas. Son tan reconocibles que me reí sola en el andén con lo del correo «Adjunto lo solicitado» capaz de enfriar un café recién hecho.
Lo que me hizo parar de verdad fue una frase del capítulo sobre interpretaciones: de los demás solo vemos una escena, y de nosotros conocemos la película entera. La apunté en el móvil. Y no es la única; el libro tiene buen ojo para las imágenes, como la rumiación comparada con girar el volante con el coche aparcado.
Me gusta mucho algo que este tipo de libros suele esquivar: la honestidad sobre los límites. Una y otra vez insiste en que la actitud multiplica lo que hay pero no crea lo que falta, y que si la carga es imposible o hay un trato humillante, pedir «mejor cara» es injusto. Eso le da una credibilidad enorme. Tampoco te vende que siendo amable te ascenderán; de hecho, el final advierte justo contra eso.
Las bases (Epicteto, Ellis, la terapia cognitiva) están bien digeridas, sin jerga, y cada capítulo cierra con un ejercicio pequeño y realista. Nada de cambiar tu vida en una semana: elige una conducta y obsérvala.
¿Pegas? Alguna. El esquema escena, explicación, matiz, ejercicio, frase final se vuelve previsible hacia la mitad, y esa frase lapidaria de cierre en cada capítulo acaba sonando a taza de desayuno. Hay advertencias que se repiten casi con las mismas palabras, y aunque entiendo por qué, a ratos pedía algo más de riesgo o algún caso que no se resolviera tan limpio.
Aun así, el último capítulo, que vuelve a Clara meses después y admite que el lunes sigue siendo lunes, me ganó del todo. No promete una oficina de anuncio, promete una forma distinta de atravesarla.
Se lo pienso pasar a media plantilla de mi trabajo. Con disimulo, eso sí.
El efecto de la mesa de al lado
Mateo Quiroga y Marlon Falcón
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Lectora voraz de veintitantos, sin paciencia para lo aburrido
