El hombre que contestaba seco a las nueve y cuatro
Confieso que una vez le contesté «ahora no» a un redactor jefe que venía a darme una buena noticia. Tardé una semana en enterarme de cuál era. Por eso, cuando «El efecto de la mesa de al lado», de Mateo Quiroga y Marlon Falcón, arranca con Clara entrando a las nueve y cuatro y despachando a Luis con sequedad, me sentí retratado. Mal empezaba yo, pensé, para hacer de escéptico.
Lo intenté de todos modos. Los libros de habilidades blandas suelen venir envueltos en papel de regalo corporativo: mucha pirámide, mucho acrónimo, mucho «empodérate». Este no. Tiene la astucia de contar antes de explicar. Cada capítulo abre con una escena de oficina, con su día y su hora, y uno reconoce enseguida a la Sofía que dice «claro» cuando quiere decir «ni hablar», al Fermín del bolígrafo y a la cafetera convertida en tribunal. Luego llegan Epicteto, Albert Ellis y la terapia cognitiva, bien traídos y sin pedantería.
Lo que brilla es la honradez. Los autores repiten, y hacen bien, que la actitud multiplica lo que hay pero no crea lo que falta. Si la carga es imposible o el trato humilla, ninguna respiración profunda lo arregla, y pedir buena cara a quien lo sufre es injusto. Rara vez he leído un manual así que se tome la molestia de no culpar al lector. Y tiene frases que dan ganas de recortar: «A nosotros nos concedemos el contexto completo. A los demás, a menudo, solo el fotograma». O esa de girar el volante con el coche aparcado para describir la rumiación. Ahí me rendí.
Lo que sobra es poco, pero se nota. La estructura se repite con disciplina de cuartel: escena, mecanismo, creencia rígida, ejercicio, límite, frase final redonda. Hacia el capítulo ocho uno ya adivina el ritmo, y la advertencia sobre cauces internos aparece tantas veces que acaba sonando a letra pequeña leída en voz alta. Es necesaria, sí, pero se podría haber dicho con más variedad. Y algún desenlace queda un pelo demasiado amable, como si en la oficina todos tuvieran la gentileza de mejorar a la vez.
Aun así, el libro tiene el mérito de saber que no es una receta. Su cierre propone elegir una sola conducta y practicarla sin convertirla en examen, y advierte contra la amabilidad usada como cálculo. Es la parte más sensata: trata bien a los demás no porque funcione, sino porque vas a pasar media vida a su lado.
Yo, por si acaso, ya he pedido cinco minutos dos veces esta semana. El redactor jefe no lo sabrá nunca, pero que conste: hay libros que no cambian el lunes, solo la manera de atravesarlo, y con eso ya hacen más que muchos.
El efecto de la mesa de al lado
Mateo Quiroga y Marlon Falcón
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Columnista gruñón con debilidad por las buenas frases
