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Lo que viaja de mesa en mesa

Nerea Solís

2 de noviembre de 2026

★★★★★

Llevo años sentada frente a personas que, sin saberlo, cuentan siempre la misma historia: no es el trabajo lo que más pesa, sino quien está al lado. Por eso abrí «El efecto de la mesa de al lado» con cierta cautela. Los libros de habilidades blandas suelen prometer mucho y escuchar poco. Este, en cambio, empieza escuchando.

Lo hace a través de escenas cortas, casi siempre con día y hora: un lunes a las nueve y cuatro, un jueves a las cinco y media. Clara contesta seco a Luis y el malestar recorre la oficina como una corriente de aire. Marta construye un desprecio entero a partir de un saludo que no llegó, sin saber que Andrés lleva tres semanas sin dormir. Sofía dice «claro» con la boca y «no puedo más» con todo lo demás. Son personajes pequeños, pero están bien observados, y algunos detalles me parecieron de una precisión clínica: el «nada, nada» que no suena a nada, el correo con un «Adjunto lo solicitado» capaz de enfriar un café.

El libro se apoya en la psicología cognitivo-conductual, en Ellis y en los estoicos, y lo hace sin solemnidad. La metáfora del conocimiento multiplicado por la actitud funciona porque los propios autores le marcan los límites. Esa honestidad es, quizá, su mayor virtud: cada capítulo recuerda que ninguna sonrisa arregla una carga de trabajo imposible ni un trato humillante, y que en esos casos lo que toca es nombrarlo y acudir a quien corresponde. Pocas veces he visto un manual tan cuidadoso para no culpar a quien sufre.

Mi reserva es casi un deseo. Los personajes aparecen, ilustran una idea y se retiran; salvo Clara, que vuelve al final, apenas los vemos cambiar. Eché de menos saber si Marta se acercó por fin a la máquina del café, o qué sintió Elena en septiembre. Además, la estructura se repite con mucha fidelidad: escena, mecanismo, creencia rígida, herramientas, límite, ejercicio y frase de cierre. Ayuda a orientarse, pero hacia la mitad empieza a sentirse como un protocolo, y alguna frase final suena más a taza de oficina que a hallazgo.

Aun así, hay momentos que se quedan dentro. El capítulo sobre el reconocimiento, con esos quince segundos que Elena llevaba seis años esperando, me pareció de una ternura muy verdadera. Y la idea de que de los demás solo vemos una escena mientras que de nosotros conocemos la película entera es de las que conviene llevar en el bolsillo.

No es un libro que cambie una oficina. Es un libro que ayuda a mirar distinto la mesa de al lado, y a veces eso basta para empezar.

El efecto de la mesa de al lado

Mateo Quiroga y Marlon Falcón

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Psicóloga y lectora de personajes