Un libro para leer en el autobús que siempre llega tarde
Hay libros de autoayuda laboral que te hablan desde un escenario, con micrófono de diadema. Este no. «El efecto de la mesa de al lado» empieza un lunes a las nueve y cuatro, con Clara entrando en la oficina con el abrigo a medio quitar y contestando mal a un compañero que solo le preguntaba por un correo. Y ya está: en dos páginas estás dentro, porque todos hemos sido Clara o hemos sido el de al lado.
La estructura es muy de agradecer. Cada capítulo arranca con una escena corta, con día y hora, y personajes que se te quedan: Sofía, que dice «claro» a todo y sale a las siete y cuarto; Iván, que lee seis veces un correo de tres líneas; Lucía, que no soporta el bolígrafo de Fermín. Luego viene la explicación, apoyada en la psicología cognitivo-conductual, en Albert Ellis y en algún estoico como Epicteto, contada sin jerga. Y al final, un ejercicio de los que de verdad se pueden hacer un martes cualquiera: anotar tus compromisos de la semana, cazar los «debería», resumir lo que ha dicho otro antes de opinar en una reunión.
Lo que más me ha gustado es su honestidad. Repite, y hace bien en repetirlo, que la actitud multiplica lo que hay pero no crea lo que falta: si la carga de trabajo es imposible o hay un trato humillante, ninguna sonrisa lo arregla y toca acudir a quien corresponde. También avisa contra el extremo contrario, el de pensar bien de todo el mundo por decreto, y contra usar la amabilidad como cálculo. El capítulo del cansancio, con su consejo de pedir ayuda profesional cuando el malestar se alarga, está tratado con mucho cuidado.
Pegas, alguna. Leído del tirón, el molde de escena, explicación, creencia rígida, límites y ejercicio se nota, y hacia la mitad algunas advertencias suenan ya conocidas. Tampoco esperéis grandes descubrimientos si habéis leído algo de asertividad o de escucha activa: su mérito está en lo bien que lo ordena y lo aterriza, no en la novedad. Y el cierre, que vuelve a Clara meses después, es bonito pero un poco previsible.
¿Para quién? Para quien acaba de estrenar responsabilidad sobre un equipo, para quien vuelve a casa ensayando discursos que nunca dirá y para quien sospecha que en su oficina el ambiente pesa sin saber por qué. Mi consejo: no lo leáis de una sentada. Un capítulo por semana, en el autobús, con el ejercicio puesto en práctica antes de pasar al siguiente. Así es como funciona.
El efecto de la mesa de al lado
Mateo Quiroga y Marlon Falcón
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