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Una lección de oficio en la mesa de al lado

Aurelia Vidal

2 de noviembre de 2026

★★★★★

Desconfío por oficio de los libros que prometen mejorar el ambiente de una oficina. Suelen estar escritos en ese idioma de diapositiva que confunde la sonrisa con la virtud. «El efecto de la mesa de al lado», de Mateo Quiroga y Marlon Falcón, me obligó a guardar el lápiz rojo más veces de las que esperaba.

La arquitectura es sencilla y está muy bien resuelta. Cada capítulo arranca con una hora y un día de la semana, una escena breve y reconocible, y desde ella despliega una idea, las creencias que la sostienen, unas herramientas y un ejercicio. El esquema podría volverse mecánico, y a ratos roza la repetición, pero los autores lo compensan con un hilo que no se ve a primera lectura: los capítulos se citan entre sí, el «claro» de Sofía reaparece en el miedo de Daniel, y el libro se cierra regresando a la Clara del principio con una simetría que no tiene nada de casual. Es un final medido, sin fuegos artificiales, que confirma el tono de todo lo anterior.

La prosa es clara, precisa, sin una palabra de relleno. Hay imágenes de verdadera puntería: el ambiente que pesa «como una mochila mojada», la rumiación comparada con girar el volante con el coche aparcado, la observación de que de los demás solo vemos el fotograma y de nosotros la película entera. Son metáforas domésticas, y por eso funcionan.

Lo que más aprecio, sin embargo, es su honestidad. El libro se debe confesadamente a Epicteto, a Albert Ellis y a la terapia cognitiva, y lo reconoce sin presumir. Pero sobre todo se niega a la trampa habitual del género: repite, capítulo tras capítulo, que ninguna actitud arregla una carga imposible, un reparto injusto o un trato humillante, y que en esos casos lo que procede es nombrarlo y acudir a quien corresponde. Esa advertencia, que en otros manuales aparece en letra pequeña, aquí sostiene toda la obra. Y la reflexión final contra la amabilidad entendida como cálculo eleva el libro por encima del simple recetario.

Tiene límites. No descubre nada que un lector de psicología práctica no conozca ya, y la estructura fija, tan útil para el aprendizaje, acaba volviéndose previsible hacia la mitad. Algunas escenas son demasiado limpias, como si los conflictos de oficina se ordenaran siempre con tanta pulcritud. Hay también un leve titubeo en el tratamiento del lector, que pasa del tú al usted en un párrafo aislado.

Nada de ello empaña lo esencial: es un libro útil, escrito con cuidado y con respeto por quien lo lee. Lo recomendaría sin dudar a cualquiera que comparta mesa, es decir, casi a todo el mundo.

El efecto de la mesa de al lado

Mateo Quiroga y Marlon Falcón

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