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Lisboa, un tranvía y la contabilidad del bien

Ramiro Etxeberria

2 de noviembre de 2026

★★★★★

Hace años tuve una bicicleta con los frenos gastados. Me prometía arreglarlos la semana siguiente y nunca lo hice. No me pasó nada memorable, salvo una multa. A Kevin, el protagonista de «Efecto mariposa», le ocurre lo contrario: sus frenos son una promesa narrativa, y el lector sabe desde la segunda página que acabarán arreglados por alguien que no será él.

Ese es el libro, para bien y para menos bien. Inés Caldeira y Marlon Falcón han escrito una fábula sobre la generosidad en forma de reparto de pan por Alfama. Kevin ayuda a un anciano con un golpe de calor, compra una cuerda de violín con sus ahorros, persigue limones cuesta abajo, devuelve un perro. Mientras, su abuela costurera está a punto de perder el taller y una carta de 1962, caída en el tranvía 28, busca destinatario. Ya imaginan cómo se cruzan los hilos. Los imaginan bien.

Lo que sobra es la aritmética. Cada favor vuelve con intereses y en orden, como en una contabilidad de ultramarinos. Cuando el barrio entero sube la escalinata con algo en las manos, la escena emociona, sí, pero también se oye el clic del engranaje. El propio texto lo subraya con la frase del abuelo, por si alguien andaba distraído. Y el breve capítulo de dudas de Kevin, el único momento en que el bien no parece rentable, dura demasiado poco para pesar.

Lo que brilla, en cambio, brilla mucho. La prosa es limpia, sensorial, sin una palabra de relleno. Lisboa no es decorado: huele a corteza, a tiza de sastre, a sardinas y a cal mojada. Hay frases que subrayé, que es mi vicio confeso: el sobre «con los bordes blandos de tanto tocarlo», la campanilla del tranvía «como una tos educada», la archivera que cierra un libro «como quien acuesta a un niño». Dona Lurdes, por cierto, merecería novela propia; su lección sobre búsquedas que duran una mañana o una vida es lo más hondo del libro.

La trama de Amélia y Joaquim está contada con un pudor admirable. Nada de melodrama, nada de regodeo: un silencio de sesenta años que resulta ser de quien menos se esperaba. Y el reencuentro de las dos aprendices de Madame Odette, reconociéndose por un punto calado, es de esas casualidades que perdono porque están bordadas con primor.

Para lectores jóvenes, y para adultos con la armadura algo oxidada, es una lectura luminosa y sin una sola nota fuera de tono. Le falta riesgo, le sobra simetría. Pero en tiempos de novelas que confunden la oscuridad con la profundidad, se agradece un libro que confía en que la bondad también puede ser buena literatura.

Yo, por si acaso, voy a revisar los frenos.

Efecto mariposa

Inés Caldeira y Marlon Falcón

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Columnista gruñón con debilidad por las buenas frases