Una novela que se pone la oreja en la pared (y te la pone a ti)
Os confieso que empecé «Detector de fugas» con el ceño fruncido. ¿Una romántica sobre una startup de sensores de humedad? Me olía a manual de emprendimiento con lazo rosa. Me equivocaba, y lo digo encantada: en la segunda página Marta firma su renuncia con el bolígrafo de su jefe porque el suyo se queda sin tinta en la ese del apellido, y ya me tenía.
Marta es física, deja once años de consultora y se lanza con Bea, su amiga desde primero de carrera, a montar Gota, un aparato que escucha las paredes para detectar fugas antes de que el techo se te venga encima. En su primer edificio piloto se cruza con Hugo, un fontanero que lleva toda la vida poniendo la oreja en las tuberías y que no se fía ni un pelo de los algoritmos. Lo que pasa entre ellos no os lo cuento, pero sí os digo que la escena del destornillador apoyado en la tubería, con Marta cerrando los ojos para aprender a oír, me hizo parar en pleno metro. Es la escena romántica más bonita que he leído en meses y no hay ni un beso.
Lo mejor del libro es que entiende que una historia de amor no va solo de la pareja. Aquí pesa tanto la amistad entre Marta y Bea, con una pelea que duele de verdad porque las dos tienen parte de razón, como el romance. Y los secundarios son oro: Ona, la hija adolescente que lo encuentra todo «muy simbólico»; Iker, el programador que escribe mejor código que mensajes; la vecina cuyo perro se esconde cada vez que pita un sensor; la señora del grupo de la comunidad que se ducha «con prisa y con remordimientos». Me reí en voz alta varias veces.
La metáfora central, que una fuga se distingue de una queja porque no se calla cuando todo se calla, está tan bien llevada que se te queda dentro. Y la novela trata con mucho tacto temas como el miedo a fracasar o una pregunta fuera de lugar en una ronda de inversores, sin sermonear.
¿Pegas? Alguna. El malentendido del tercer acto es de manual y se ve venir desde lejos; la protagonista, tan analítica, sacando conclusiones sin preguntar me desesperó un poco, aunque el libro lo sabe y lo convierte en tema. Y los capítulos de papeleo y hojas de cálculo frenan el ritmo en algún tramo. Quien busque pasión arrolladora quizá la encuentre demasiado contenida.
Pero yo la cerré con una sonrisa enorme y con ganas de escuchar las tuberías de mi casa. Si os gustan las historias pequeñas, tiernas y con gente que se equivoca y se arregla, esta es para vosotras.
Detector de fugas
Noa Ferrer y Marlon Falcón
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Lectora voraz de veintitantos, sin paciencia para lo aburrido
