El agua que no se calla
Hace años tuve un fontanero que diagnosticaba averías por teléfono. Yo abría el grifo, él escuchaba y decía: «Eso es la junta del bidé». Siempre era la junta del bidé. Me acordé de él en cuanto apareció Hugo Alarcón en un vestíbulo de la calle Verdi, diciéndole a una física con dos artículos publicados que ahí no, que esa mancha es de capilaridad.
«Detector de fugas», de Noa Ferrer y Marlon Falcón, cuenta cómo Marta Solé deja una consultora para fundar con su amiga Bea una empresa de sensores que escuchan las tuberías de los edificios viejos de Barcelona. Hay romance, sí, pero también hay hojas de cálculo, certificados digitales que no se instalan y una celda que cambia de color según el miedo. Pocas novelas románticas se atreven a que la tensión dramática sea un número en verde que va encogiendo. Esta lo hace, y funciona.
Lo mejor es la metáfora central, que podría haber sido un lastre y resulta ser un hallazgo: una fuga no es lo que suena fuerte, sino lo que no se calla cuando todo el mundo se calla. Sirve para las tuberías, para la amistad entre Marta y Bea y para una protagonista que revisa todo tres veces salvo lo que de verdad le asusta. Los autores la dosifican con paciencia, y el estribillo final, ese «va bien», queda como un pequeño acorde de piano.
Brillan también los secundarios. Ona, la hija adolescente que lo encuentra todo muy simbólico, roba cada escena. Iker, el programador que se comunica en minúsculas a las cuatro de la madrugada, merecería su propia novela. Y la mujer de las clases de cocina, con su truco para el certificado, es la heroína silenciosa del emprendimiento nacional.
Lo que sobra: la pizarra de la entrada con la frase del día. La primera vez tiene gracia; a la séptima uno sospecha que la recepcionista es una agente del destino. Algunos malentendidos del último tramo se ven venir desde el andamio, y el romance, tan bien cocido a fuego lento, se apoya en una casualidad de feria que pide más fe de la que ofrece. Tampoco viene mal recordar que el inversor que pregunta por los hijos es un villano demasiado cómodo, aunque la respuesta de Marta compensa la entrada.
Pero el tono es limpio, el humor es seco y la ternura no empalaga. Es una novela sobre gente que dice que sí cuando nadie le obliga, y sobre aprender a oír antes de opinar. A mi edad, eso ya es casi un programa político, y de los pocos que suscribiría.
Cerré el libro y abrí el grifo de la cocina. Ronco, pero se calla. Cobre, pensé. Va bien.
Detector de fugas
Noa Ferrer y Marlon Falcón
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Columnista gruñón con debilidad por las buenas frases
