Lo que se calla cuando todo el mundo se calla
Hay una frase en «Detector de fugas» que funciona como llave de toda la novela: no se trata de lo fuerte que suene algo, sino de si se calla cuando todo el mundo se calla. Marta Solé, física que deja once años de consultora para montar una pequeña empresa de sensores con su amiga Bea, aprende eso de un fontanero de manos gastadas. Y el libro, con mucha ternura, lo aplica a todo lo demás: a una amistad de veinte años, al miedo disfrazado de prudencia, a un amor que llega sin prisa.
Lo que más me ha conmovido son los personajes secundarios, que no están de adorno. Ona, la hija adolescente que lo encuentra todo «muy simbólico», es de lo más vivo que he leído este año: su ironía protege a su madre sin que ninguna de las dos lo diga. Iker, que se comunica con mensajes de cuatro palabras a las cuatro de la madrugada, recibe un retrato respetuoso, sin convertir su manera de ser en chiste. Y Bea es la gran sorpresa. Durante buena parte del libro parece la socia optimista y algo superficial, hasta que una conversación nocturna, sentadas en el suelo, revela de dónde viene su urgencia. Ahí la novela hace algo muy honesto: le da la razón a las dos.
El romance con Hugo está construido con paciencia. Las tardes en el banco del vestíbulo, la servilleta dibujada por ambos lados, la camisa recién planchada: son gestos pequeños que dicen más que cualquier declaración. Cuando por fin se tutean, se nota, y eso solo ocurre cuando los autores han sabido esperar.
Ahora bien, no todo suena igual de verdadero. El malentendido de la feria, aunque está bien justificado psicológicamente, se resuelve casi por encargo, con una llamada de la socia y una lluvia que llega en el momento exacto. Algunos aliados aparecen con demasiada puntualidad: la mujer de las clases de cocina siempre tiene el truco, el fabricante siempre concede el plazo. Y la escena del inversor que pregunta por los hijos, aunque necesaria, cae en un antagonista algo plano. Son atajos comprensibles en una novela romántica, pero restan un poco de peso al riesgo real que se plantea con las cifras.
Aun así, lo que queda al cerrar el libro es una sensación limpia, sin almíbar. Marta no se salva por un golpe de suerte, sino por una columna de pequeños síes, y la novela entiende que la madurez consiste en preguntar antes de dar por hecha la respuesta. Es una historia sobre aprender a escuchar, y la prosa, llena de humor tranquilo, también sabe hacerlo. Se lee con una sonrisa y se recuerda con un nudo amable.
Detector de fugas
Noa Ferrer y Marlon Falcón
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Psicóloga y lectora de personajes
