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Una novela que se escucha con la oreja pegada a la pared

Gael Ortuño

2 de noviembre de 2026

★★★★★

Esta semana me ha pasado algo curioso: he empezado a oír las tuberías de la librería. La culpa es de «Detector de fugas», de Noa Ferrer y Marlon Falcón, una novela que te deja el oído afinado y una sonrisa puesta.

La historia arranca con Marta, una física que firma su renuncia en una consultora con el bolígrafo de su jefe, porque el suyo se queda sin tinta justo en la ese del apellido. Junto a su amiga de la carrera, Bea, monta una pequeña empresa de sensores que detectan fugas de agua en edificios antiguos de Barcelona. Y en el primer portal donde instala uno aparece Hugo, un fontanero que se pone la oreja en la pared y le dice que ahí no. Ya os imagináis por dónde va el romance, y no importa nada: lo bonito es cómo llegan.

Lo que más me ha gustado es que el amor no va solo. Comparte protagonismo con la amistad entre Marta y Bea, con una hoja de cálculo que cuenta los meses que les quedan y cambia de color, y con una galería de secundarios entrañables: Ona, la hija adolescente que lo encuentra todo «muy simbólico»; Iker, un programador que se comunica a base de mensajes de cuatro palabras; una vecina con un perro asustadizo; un administrador con bigote. Los diálogos son ágiles y tienen mucha gracia, de esa que te hace reír sola en el metro.

El ritmo es de capítulos cortos y escenas bien cerradas, ideal para leer a ratos. La relación entre Marta y Hugo se cocina a fuego lento, con conversaciones en un banco de portal y servilletas dibujadas por las dos caras. Hay un capítulo en el que él le enseña a distinguir una tubería vieja de una fuga de verdad que, sin contar nada, es de lo más tierno que he leído este año.

¿Pegas? Alguna. En la segunda mitad hay malentendidos que se ven venir de lejos y conflictos que se resuelven con una facilidad que a los lectores más exigentes les sabrá a poco. Y el tono amable a veces suaviza demasiado los baches. También trata con mano firme un momento incómodo, una pregunta fuera de lugar en una reunión con inversores, y sale airoso sin sermonear.

¿Para quién es? Para quien busque una romántica adulta, sin prisas y sin dramas excesivos. Para quien haya emprendido, o lo esté pensando. Para regalar a una amiga de toda la vida. Yo la leería un domingo lluvioso, con un café al lado. O con cinco, que según la novela es como se mide la ilusión.

Detector de fugas

Noa Ferrer y Marlon Falcón

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