Escuchar las paredes: una comedia romántica con oído fino
«Detector de fugas» parte de una premisa modesta: una física deja la consultora para fundar, con su amiga de la facultad, una empresa de sensores que detectan fugas en edificios antiguos de Barcelona. Lo que eleva la novela por encima del molde es que Noa Ferrer y Marlon Falcón han encontrado una imagen que sostiene todo el libro. Distinguir la tubería que se queja de la que de verdad pierde agua, saber si algo «se calla cuando todo el mundo se calla», vale para el algoritmo, para la amistad entre Marta y Bea y para el amor que nace entre la protagonista y Hugo, el fontanero que escucha las paredes con un destornillador. Pocas novelas del género cuidan tanto su metáfora sin subrayarla en exceso.
La lengua es el otro gran acierto. Prosa limpia, frase corta y un humor seco que recuerda a la comedia costumbrista: la pizarra del coworking con su lema del día, la hoja de cálculo cuya celda cambia de color como un semáforo, Ona, la hija adolescente que lo encuentra todo «muy simbólico». Los motivos recurrentes (los cafés, el hierro galvanizado del tercero, la servilleta dibujada por las dos caras) funcionan como estribillos y dan al conjunto una arquitectura casi musical. El cierre retoma el arranque con una simetría que no se siente forzada.
Los secundarios están bien trazados con pocas líneas: Iker, el programador lacónico; la mujer de las clases de cocina y su truco del certificado digital; Rosa Vilaró y su cuaderno de hule. El tema de fondo, que las empresas pequeñas no se salvan con un golpe de suerte sino con una suma de pequeños síes, es sensato y se cuenta sin sermones. El episodio del inversor que pregunta por los hijos se resuelve con ironía y dignidad, sin caer en la arenga.
Ahora bien, el libro paga peaje al género. El malentendido de la feria, que separa a los amantes por una escena vista de lejos, es el recurso más gastado de la comedia romántica, y aquí se nota el andamiaje, nunca mejor dicho. La crisis de los sensores defectuosos llega con una puntualidad dramática demasiado evidente, y la reconciliación de las amigas en una madrugada de confidencias, aunque emotiva, encaja con demasiada limpieza. También el beso bajo la lluvia es una postal conocida, por bien escrita que esté. Se agradecería algo más de riesgo en esas bisagras.
Aun así, la novela respeta a sus personajes, cuida la lengua y sabe cuándo detenerse: deja abiertos los problemas que la vida no cierra y rehúye el final de cuento. Es una lectura cálida, inteligente dentro de su género y con más oído del que suele exigirse a estos libros.
Detector de fugas
Noa Ferrer y Marlon Falcón
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