Cinco minutos que me tuvieron enganchada hasta la última campanada
Voy a confesarlo de entrada: cuando leo «novela histórica» y «Lisboa, 1755» me preparo para cien páginas de decorado antes de que pase algo. Aquí no. En diez páginas ya tenía un taller de relojería que huele a latón, dos hermanas discutiendo por un ajuar y una frase dicha en caliente que no se puede retirar. Y entonces el reloj marca las nueve y cuarenta. Me quedé clavada en el andén.
Leonor es relojera en un gremio que no la deja firmar su trabajo, y después de la catástrofe se pone a arreglar los relojes de los supervivientes y a apuntar la hora exacta en que se pararon. Esa idea, que suena pequeña, es el corazón del libro: un cuaderno de horas que sirve a la vez para entender un terremoto y para buscar a una persona. Me pareció precioso cómo lo técnico y lo emocional encajan como dos ruedas dentadas.
Lo que más me gustó es el tono. Hay pérdida, hay tristeza, hay una ciudad entera hecha polvo, pero nunca se regodea. La catástrofe se cuenta con imágenes que se te quedan, fachadas abiertas como libros mal cosidos, el río que se retira, y luego la novela se queda con la gente: el caldo compartido en los barracones, el pan que se guarda para quien llega tarde, los pagos en huevos y castañas. Y Gaspar, el agrimensor que mide todo nueve veces, es de esos secundarios que te roban el corazón sin hacer ruido. Su historia de amor con Leonor va despacito, a base de silencios acompañados, y me encantó.
Hubo una escena, la del padre explicándole el muelle de un reloj a su hija, que me hizo cerrar el libro un momento y mirar por la ventanilla. No digo más.
¿Pegas? Alguna. La metáfora del reloj está por todas partes, y aunque casi siempre funciona, hacia el último tercio noté que la novela me subrayaba la idea un poco más de lo necesario. Hay un tramo con cierto artefacto simbólico que me pareció algo explicado de más. Y algunas casualidades y pistas llegan con una puntualidad muy de reloj suizo. Nada grave, pero lo noté.
Aun así, el final me pareció valiente y muy bien resuelto, nada tramposo, y con una idea sobre la culpa y el perdón que no esperaba. Si os gustan las novelas históricas con alma, oficios contados con cariño y personajes que se equivocan y aprenden, esta va directa a vuestra lista. Yo ya se la he mandado a tres amigas.
Cinco minutos antes
Inés Caldeira y Marlon Falcón
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Lectora voraz de veintitantos, sin paciencia para lo aburrido
