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El muelle no se entera: Lisboa, 1755, y una relojera que quería atrasar el día

Ramiro Etxeberria

2 de noviembre de 2026

★★★★★

Tuve un tío que daba cuerda a su reloj de bolsillo cada noche a la misma hora, con una solemnidad de notario. Cuando murió, nadie supo pararlo, y siguió andando una semana en el cajón, muy digno, como si la cosa no fuera con él. Me acordé de mi tío y de su reloj leyendo «Cinco minutos antes», de Inés Caldeira y Marlon Falcón, que es una novela sobre relojes parados en una ciudad que se derrumba. La ciudad es Lisboa. La mañana, la de Todos los Santos de 1755.

Leonor Vaz lima la paleta de un escape cuando su hermana pequeña baja la escalera con un chal bordado. Riñen. Leonor dice lo que no debe. Clara se va cinco minutos antes de lo habitual. Y luego la tierra hace lo suyo. No cuento más del argumento, porque aquí casi todo es hallazgo, pero sí diré que el terremoto está narrado con pulso y con pudor: polvo, fachadas abiertas como libros mal cosidos, un río que se retira y vuelve. Ni una gota de regodeo. Se agradece.

Lo que brilla es la idea central, y brilla mucho. Leonor arregla los relojes de los supervivientes y apunta la hora en que se detuvieron. Un agrimensor tímido, Gaspar, descubre que esas horas dibujan el temblor sobre el plano. De la culpa sale cartografía, y de la cartografía, una forma de duelo. Hay una escena con el padre enfermo, un muelle real y una lección sobre las agujas que me hizo subrayar con la saña de un opositor: «A un reloj se le pueden atrasar las agujas, hija. Al día no». Ya está. Por esa frase pagaría el libro.

La prosa es limpia, sensorial, con olor a latón y caldo de couve, y con metáforas de oficio que casi nunca se pasan de rosca. Casi. Lo que sobra: la novela desconfía un poco del lector y todo lo cose dos veces. El bordado de espigas reaparece con una puntualidad que ni el campanario de los Jerónimos. Hay un reloj que anda hacia atrás que es precioso como símbolo y algo explicado como mecanismo. Y el tramo final reparte recompensas con generosidad de abuela en Navidad: el examen, el taller, el pan guardado. Todo encaja. Quizá demasiado bien para una historia que empezó sabiendo que algunas piezas no vuelven a su sitio.

Aun así, la novela tiene la decencia de no resolver lo que no debe resolverse fácil. Hay una conversación a la luz de una vela en la que Leonor entiende que ciertas palabras solo existen ya dentro de ella, y esa página vale por muchas. También la amistad con Gaspar, contenida, hecha de silencios y mitades de pan, está escrita con un tacto que escasea.

No es un libro perfecto. Es un libro honrado, que es mejor. Y te deja la sensación rara de haber estado escuchando tictacs ajenos durante días. Mi tío lo habría aprobado. Él también sabía que el muelle no se entera.

Cinco minutos antes

Inés Caldeira y Marlon Falcón

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Columnista gruñón con debilidad por las buenas frases