El muelle que solo sabe ir hacia delante
Hay libros que hablan del dolor y libros que saben cómo se comporta. «Cinco minutos antes» pertenece a los segundos. Leonor, relojera en una Lisboa que está a punto de perderlo todo, discute con su hermana Clara una mañana de noviembre y le dice algo que no puede retirar. Lo que sigue no es solo una novela histórica bien documentada, con sus barracones de Belém, su caldo de couve y sus planos de la Baixa nueva, sino el retrato preciso de alguien que intenta reparar con las manos lo que no sabe reparar por dentro.
Me conmovió cómo la culpa de Leonor se traduce en gestos y no en discursos. Apunta las horas en que se pararon los relojes ajenos porque no soporta que se borren; gira las agujas hacia atrás sin darse cuenta, como quien se rasca una herida; llega a construir un mecanismo imposible. Cualquiera que haya acompañado un duelo reconocerá esa necesidad de entender cada diente de la rueda para poder perdonarse. Y el padre, Bartolomeu, con sus manos temblorosas y su lección del muelle que solo se suelta hacia delante, es de esos personajes secundarios que sostienen un libro entero con cuatro frases.
La relación con Gaspar está escrita con una delicadeza que agradezco. Dos personas que cargan con los mismos cinco minutos y que deciden no consolarse con frases hechas, sino con medio pan de maíz y un silencio acompañado. Su desacuerdo sobre la ciudad nueva, olvido o prevención, es de lo más honesto del libro: los dos tienen razón y eso los separa un rato, como pasa en la vida.
El tramo de la búsqueda, con la pista del punto de espiga, funciona como un hilo de seda que va cosiendo testimonios, y la idea de cambiar la pregunta por dónde estaba cada cual aquella mañana es un hallazgo. Mi reserva está en el último tercio: algunas piezas encajan con una exactitud casi de relojería, y en un par de momentos noté la mano que ordena el destino de los personajes más que la verdad de lo que sienten. Una ligera aceleración que no estropea, pero que se percibe.
Aun así, la novela resuelve su conflicto central con una madurez poco común. Plantea qué hacer con las palabras que solo existen dentro de uno, y su respuesta no es borrarlas ni repetirlas sin fin, sino guardarlas y, cuando se sabe, devolverlas enteras. La catástrofe está contada con sobriedad, sin regodearse, y la pérdida pesa sin aplastar.
Cerré el libro pensando en las conversaciones que dejamos para otro día. Es un buen sitio en el que dejar a un lector.
Cinco minutos antes
Inés Caldeira y Marlon Falcón
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Psicóloga y lectora de personajes
